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Del liderazgo renovable al liderazgo inteligente. Por Felipe Lizama, Gerente de Electrificación y Automatización de Siemens Chile.

Chile ha avanzado en poco más de una década hacia una de las transformaciones energética más importantes de su historia. Se estima que más del 60% de la capacidad instalada corresponde a energías renovables y cerca de dos tercios de la generación eléctrica provino de estas fuentes el año pasado, según un informe de “La Ruta Energética 2026-2030”.

La incorporación masiva de este tipo de energías ha cambiado la matriz eléctrica, consolidando al país como un referente en la transición hacia una economía baja en emisiones. Sin embargo, este éxito abre un nuevo desafío: no sólo producir energía limpia, sino que también administrar un sistema cada vez más complejo, dinámico y exigente.

Por años, la principal preocupación fue asegurar suficiente capacidad de generación para abastecer la demanda. Hoy el escenario es distinto. La expansión de la energía solar y eólica, el cierre progresivo de centrales a carbón, la electrificación de la minería, el desarrollo del hidrógeno verde y el crecimiento de los centros de datos asociados a la IA, están modificando la forma en que opera el sistema eléctrico.

Este nuevo panorama obliga a cambiar la manera en que entendemos la infraestructura energética. La estabilidad de la red ya no dependerá exclusivamente de grandes centrales de generación, sino también de la capacidad de coordinar millones de activos distribuidos que deberán interactuar en tiempo real. El almacenamiento de energía, junto con la digitalización y la automatización, será una pieza clave para entregar la flexibilidad que requiere un sistema con una participación creciente de fuentes renovables.

Sin embargo, el principal reto será desarrollar una operación capaz de integrar de manera segura, eficiente e inteligente todos estos recursos.

Esta realidad también abre una oportunidad para las empresas. La competitividad ya no dependerá solo de consumir energía renovable, sino de gestionar de forma inteligente su demanda, incorporar soluciones de almacenamiento, digitalizar sus procesos y adaptarse a un entorno energético mucho más flexible. Aquellos que comprendan esta transformación, no solo reducirán costos y aumentarán su resiliencia operacional, sino que también estarán mejor preparadas para responder a las crecientes exigencias ambientales y de productividad.

La transición energética ya no se medirá solo por la cantidad de megawatts renovables instalados.

Chile tiene condiciones excepcionales para liderar esta nueva etapa. Aprovechar esta coyuntura es clave, pero necesitamos algo más que sólo infraestructura. El verdadero indicador de éxito será la capacidad que tengamos para transformar esa energía en un sistema eléctrico resiliente, flexible e inteligente.

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