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Ceuta y los desafíos globales de la gobernanza migratoria. Por Ingrid Robert Calisto, académica de la escuela de Trabajo Social UNAB

La reciente crisis migratoria registrada en Ceuta, ciudad autónoma española ubicada en el norte de África y frontera exterior de la Unión Europea, vuelve a poner de relieve una tensión central de la política contemporánea: cómo compatibilizar el control fronterizo con la protección de los derechos humanos y la cooperación entre Estados. Aunque geográficamente distante, este escenario ofrece lecciones relevantes para países como Chile, donde la gestión de las fronteras y los procesos de integración social plantean desafíos cada vez más complejos.

La llegada masiva de personas migrantes durante los últimos días de julio volvió a tensionar la capacidad de acogida de Ceuta y dejó en evidencia que la movilidad humana no puede entenderse como un fenómeno exclusivamente nacional. En estos desplazamientos convergen familias, niños, niñas y adolescentes, personas refugiadas y migrantes por razones económicas, cuyas trayectorias están marcadas por conflictos armados, crisis institucionales, desigualdades estructurales y los efectos del cambio climático. A ello se suman experiencias de violencia, precariedad y exposición a redes de tráfico de personas, lo que exige respuestas diferenciadas y políticas capaces de reconocer esa diversidad.

Desde una perspectiva geopolítica, las migraciones también reflejan las relaciones de poder y las desigualdades del sistema internacional. Los desplazamientos no responden únicamente a decisiones individuales, sino a condiciones económicas, políticas y sociales que configuran corredores de movilidad entre países de origen, tránsito y destino. En ese contexto, las fronteras dejan de ser simples límites territoriales para convertirse en espacios donde convergen intereses humanitarios, económicos, políticos y de seguridad. Esta realidad también se observa en la Macrozona Norte de Chile, donde los desafíos migratorios demuestran que las respuestas exclusivamente nacionales resultan insuficientes.

La experiencia de Ceuta muestra, además, que la migración genera impactos concretos en las sociedades receptoras. La presión sobre los servicios públicos, la necesidad de fortalecer los sistemas de acogida, los procesos de integración y la convivencia intercultural requieren capacidades institucionales permanentes. Al mismo tiempo, los discursos públicos suelen oscilar entre la solidaridad y la securitización, favoreciendo en ocasiones la estigmatización de las personas migrantes y dificultando la construcción de consensos.

Precisamente, Ceuta evidencia los límites de las soluciones exclusivamente nacionales. Su ubicación entre África y Europa demuestra que la gobernanza migratoria requiere corresponsabilidad internacional, coordinación regional y acuerdos que permitan distribuir responsabilidades entre los Estados. El Pacto sobre Migración y Asilo de la Unión Europea constituye un intento de avanzar en esa dirección, aunque persiste el desafío de evitar que la seguridad fronteriza termine desplazando la protección internacional y los derechos fundamentales.

Para Chile, lo que ocurre en las fronteras europeas no constituye un fenómeno lejano. Representa una advertencia sobre la necesidad de fortalecer una gobernanza migratoria intersectorial, basada en la cooperación regional y en un enfoque de derechos. El desafío no consiste únicamente en administrar los flujos migratorios, sino en desarrollar capacidades institucionales que permitan gestionarlos de manera integral y construir condiciones de convivencia en sociedades cada vez más diversas.

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