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Retrasar el diagnóstico de las neurodivergencias en la infancia limita el desarrollo y el apoyo oportuno

En Chile las familias detectan las primeras señales del desarrollo cerca de los 29 meses, pero el diagnóstico formal suele llegar recién a los 59 meses, lo que retrasa intervenciones clave durante la etapa de mayor plasticidad cerebral.

La demora en identificar condiciones neurodivergentes durante la primera infancia continúa siendo uno de los principales desafíos para el sistema de salud y educación en Chile. La falta de un diagnóstico temprano impide que niños y niñas accedan oportunamente a apoyos especializados y deja a las familias sin orientación durante una etapa crucial del desarrollo, que es cuando el cerebro presenta su mayor capacidad para aprender, adaptarse y desarrollar nuevas habilidades.

El Observatorio de Neurodivergencias de la Universidad Andrés Bello (OdN) alerta que esta invisibilización de las infancias neurodivergentes dificulta reconocer las primeras señales del desarrollo y posterga intervenciones que pueden marcar una diferencia significativa en la calidad de vida de los menores y sus familias.

Además, advierte que garantizar un acompañamiento oportuno constituye un paso fundamental para avanzar en el cumplimiento del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 4 de las Naciones Unidas, que promueve una educación inclusiva y de calidad desde la primera infancia.

  Las cifras reflejan el desafío

Se estima que cerca del 20% de la población mundial presenta alguna condición asociada a las neurodivergencias, porcentaje que en Chile supera ese nivel según estimaciones epidemiológicas. En el caso del autismo, estudios internacionales indican que afecta al 1% de la población infantil, mientras que investigaciones realizadas en población urbana chilena estiman una prevalencia de 1,98%, equivalente a uno de cada 51 niños y niñas. A esto se suma el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), cuya prevalencia mundial alcanza al 10% de la población infantil, mientras que en Chile las estimaciones fluctúan entre un 20% y un 23% en edad escolar.

La directora del Observatorio de Neurodivergencia de la Universidad Andrés Bello Andrea Mira, explica que “pese a estos antecedentes, el principal problema no radica únicamente en la disponibilidad de herramientas diagnósticas, sino en la escasa detección temprana dentro de los sistemas de atención primaria y educación parvularia. La evidencia nacional muestra que las familias manifiestan sus primeras preocupaciones sobre el desarrollo alrededor de los 29 meses de vida, pero el diagnóstico o confirmación formal suele concretarse recién a los 59 meses. Esta brecha de aproximadamente 30 meses significa perder un tiempo valioso para implementar apoyos que favorezcan el desarrollo infantil y fortalezcan el bienestar familiar”.

Los especialistas enfatizan que no es necesario esperar un diagnóstico definitivo para actuar. Ante la presencia de señales de alerta es posible iniciar estrategias de acompañamiento, orientación y estimulación que permitan responder a las necesidades del niño o niña y de su entorno, evitando dificultades posteriores relacionadas con la salud mental, el aprendizaje y la inclusión escolar.

  Perdida en avances

Mira explica que «invisibilizar el neurodesarrollo en los primeros años implica perder la ventana de oportunidad más valiosa para el bienestar de una persona y de su entorno. La detección de señales tempranas y el apoyo oportuno no buscan ‘corregir’ ni normalizar al niño o niña, sino dotar a las familias de estrategias para comprender sus formas únicas de comunicación y desarrollo. Cuando un núcleo familiar es acompañado a tiempo, el estrés parental se reduce significativamente y el entorno se transforma en un espacio protector».

La académica agrega que «invertir en la primera infancia es un imperativo ético y la política pública más eficiente que un país puede consolidar», haciendo un llamado a fortalecer la implementación de la Ley de Autismo (Ley 21.545) mediante la capacitación de los equipos de salud y educación para reconocer tempranamente las variaciones del neurodesarrollo.

Desde el Observatorio sostienen que visibilizar a las infancias neurodivergentes desde el nacimiento permitirá construir un sistema más inclusivo, reducir los costos sociales y sanitarios a largo plazo y avanzar hacia una sociedad que respete la diversidad desde los primeros años de vida.

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