Chile tiene cada vez menos niños. En 2025 nacieron 146.446 personas en el país, 46,9% menos que en 1993, mientras la tasa global de fecundidad cayó por primera vez bajo un hijo por mujer y llegó a 0,99, de acuerdo con las últimas estadísticas provisionales entregadas por el Instituto Nacional de Estadísticas.
Pero detrás de esa transformación demográfica comienza a aparecer una paradoja para nuestro país pues tener menos niños no se ha traducido necesariamente en mayores posibilidades de acceso a la educación durante sus primeros años.
Entre 2017 y 2024, la población de niños de entre 0 y 5 años disminuyó cerca de 20% en Chile, pero durante el mismo período la lista de espera por un cupo en establecimientos de la JUNJI creció 33%. En la Región Metropolitana el contraste es todavía mayor pues la población infantil se redujo 23%, mientras la lista de espera aumentó 60%.
Para Fundación Choshuenco, las cifras deberían abrir una discusión que trascienda la cobertura educacional y se instale también en el debate económico reflexionando sobre cuánto está dejando de ganar Chile por no invertir suficientemente, y de manera oportuna, en los primeros años de vida.
“Cuando hablamos de educación inicial normalmente se piensa en gasto social, pero deberíamos hablar de inversión. La evidencia internacional muestra que por cada dólar invertido en educación inicial de calidad el retorno puede llegar hasta nueve dólares. Eso se traduce posteriormente en mejores trayectorias educacionales, mayor productividad y menores costos sociales. Pocas inversiones públicas tienen la posibilidad de generar beneficios durante un período tan largo”, sostiene José Manuel Jaramillo, director ejecutivo de Fundación Choshuenco.
Diversas investigaciones han demostrado que intervenciones de alta calidad durante la primera infancia pueden generar elevados retornos económicos y sociales. Para Jaramillo, esa mirada adquiere especial importancia en un Chile que envejece y donde las nuevas generaciones serán proporcionalmente más pequeñas.
“Si Chile va a tener menos niños, la respuesta no puede ser invertir menos en ellos. Debería ser exactamente la contraria. Tenemos la posibilidad de concentrar esfuerzos para que cada niño que nace tenga mejores oportunidades de desarrollar plenamente sus capacidades. En un país que va a necesitar aumentar su productividad, desaprovechar los primeros años es una contradicción económica”, afirma.
La brecha está en los primeros años
El problema tampoco se distribuye uniformemente durante toda la educación parvularia. Mientras la cobertura se acerca al 93% en prekínder y kínder, durante los primeros mil días de vida siete de cada diez niños y niñas no asisten a un establecimiento de educación parvularia, según antecedentes recogidos por el Observatorio Niñez de Fundación Colunga.
Es precisamente en esa etapa donde Fundación Choshuenco plantea que existe uno de los mayores espacios para intervenir. La organización ha desarrollado durante sus 15 años de trayectoria un modelo que combina desarrollo del lenguaje, experiencias de aprendizaje, formación en virtudes y participación permanente de las familias. Además de sus establecimientos, actualmente transfiere su metodología y acompaña a una red cercana a 50 centros educativos del país.
“Todavía existe una mirada que reduce la sala cuna y el jardín infantil a una alternativa de cuidado mientras los padres trabajan. Esa visión es insuficiente. Durante esos años se están formando capacidades que serán determinantes para todo lo que viene después. Lo que no hacemos oportunamente durante la primera infancia muchas veces debemos intentar repararlo posteriormente, con resultados más difíciles y costos mucho mayores”, plantea Jaramillo.
La caída de la natalidad podría llevar intuitivamente a pensar que la presión sobre la infraestructura educacional debería disminuir. Sin embargo, el aumento de las listas de espera en paralelo a la reducción de la población infantil muestra un problema más complejo, relacionado también con la localización de la oferta, el acceso de las familias y la capacidad del sistema para adaptarse a los cambios demográficos.
Para Jaramillo, esa debería ser una de las discusiones centrales de los próximos años. “Estamos frente a una paradoja. Tenemos menos niños y, sin embargo, seguimos teniendo familias esperando un cupo y niños que permanecen fuera del sistema justamente durante una de las etapas más importantes de su desarrollo. En un escenario de baja natalidad, Chile debería proponerse algo distinto, que ningún niño quede atrás durante sus primeros años”, señaló.
El desafío, añade, no consiste solamente en aumentar recursos o construir nuevos establecimientos, sino en dirigir la inversión hacia donde existe demanda, mejorar la asistencia, fortalecer la calidad pedagógica y recuperar la confianza y participación de las familias.
La crisis de natalidad está obligando a Chile a preguntarse cómo financiará sus pensiones, cómo responderá al envejecimiento de la población y de dónde provendrá la fuerza laboral de las próximas décadas.
Desde Fundación Choshuenco plantean incorporar una pregunta adicional a esa ecuación: si las próximas generaciones serán más pequeñas, cuánto está dispuesto a invertir hoy el país para que desarrollen todo su potencial.
“Cada niño que hoy queda fuera de una educación inicial de calidad no representa solamente una oportunidad perdida para ese niño y su familia. También es capital humano que Chile deja de desarrollar. Y cuando sabemos que una inversión temprana puede devolver varias veces lo invertido a la sociedad, postergar esa decisión también tiene un costo económico”, concluye Jaramillo.