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¿Qué conocimiento tiene valor?. Por Juan Carlos Arellano , Historiador y cientista político, Profesor titular del departamento de Sociología y Ciencia Política, Universidad Católica de Temuco

Gobernar implica priorizar. Nadie podría razonablemente sostener lo contrario. El problema comienza cuando los criterios utilizados para priorizar terminan definiendo qué conocimientos tienen valor y cuáles no. De ahí que la discusión que plantea la ministra Linconao me parezca relevante, al invitarnos a preguntarnos: ¿debe el principio de utilidad ser el criterio que defina lo que se financia?

Por esta razón, creo importante traer a colación al cardenal San John Henry Newman, quien reflexionó sobre el propósito de las universidades, espacios esenciales en los que se aloja la comunidad intelectual abocada a la tarea de crear conocimiento. Su mirada nos invita a preguntarnos por el papel de estas instituciones, en las que el Estado chileno históricamente ha depositado su confianza y recursos. ¿Es la universidad una institución orientada exclusivamente a resolver problemas inmediatos o también un espacio para buscar, transmitir y producir conocimiento cuyo valor no puede anticiparse completamente?

Newman plantea que el propósito de la universidad es el perfeccionamiento del intelecto: desarrollar una mente ordenada, reflexiva, crítica. La tarea es crear un hábito mental que fomente la libertad interior, cultive la moderación y promueva la sabiduría. En este sentido, la universidad es, en su esencia, una institución humanista.

Esta perspectiva se fundamenta en una crítica clara a los modelos excesivamente instrumentalistas, que reducen la formación y el conocimiento al desempeño laboral futuro o a la utilidad inmediata. Newman propone comprender la universidad como el lugar por antonomasia donde convergen conocimiento, ética y contemplación. En otras palabras, el saber, y no la utilidad, debe ser su fin.

Con esto, Newman pretendía recordarnos que no todo conocimiento debe medirse por su utilidad inmediata. Lo «inútil» no es sinónimo de lo perjudicial. Pensemos que llegar a la Luna fue posible, en gran medida, por teorías de física y matemática que, en su origen, no tenían una aplicación práctica clara. En un momento histórico determinado, esos conocimientos, aparentemente desconectados, se articularon con los sueños, capacidades y condiciones técnicas de su tiempo. La historia de la ciencia nos recuerda que primero se construyen las teorías y luego se determina su uso.

Si buscamos obsesivamente la utilidad inmediata en la creación de conocimiento, caeremos en una trampa que limita nuestro quehacer y empobrece nuestro pensamiento. La creación, transmisión y adquisición del conocimiento tienen un valor en sí mismas; bajo esta mirada, la utilidad viene por añadidura. De forma provocadora, podríamos decir, junto a Newman, que debemos reivindicar lo «inútil».

Pero reivindicar lo «inútil» no significa defender un conocimiento sin valor. Significa recordar que aquello cuyo valor todavía no podemos reconocer no deja, por ello, de tenerlo. Y ese es, quizás, uno de los sentidos más profundos de la universidad: conservar un espacio para aquello cuyo valor no siempre podemos anticipar, pero que puede transformar nuestra manera de comprender el mundo.

Por supuesto, debe existir responsabilidad tanto en la asignación como en la ejecución de los recursos destinados a la creación de conocimiento. Pero también debemos pensar en el impacto que estas políticas pueden tener en el quehacer científico, fomentando aquello que ya conocemos, pero perdiendo, debido a esta orientación, preguntas y conocimientos que todavía están por descubrirse.

En este sentido, los programas FONDECYT han resguardado ese equilibrio y esa libertad en la creación de conocimiento. Sus diferentes grupos permiten que una comunidad científica diversa pueda libremente hacerse diferentes preguntas, las cuales son juzgadas en su mérito por sus pares. ¿Por qué dañar un instrumento que hoy funciona y permite a muchos desarrollar ciencia por curiosidad, abriendo nuevos horizontes, mientras otros atienden problemas y necesidades inmediatas?

A su vez, la investigación asociativa se ha orientado a responder a tópicos o problemas prioritarios desde una perspectiva interdisciplinaria. El financiamiento de la investigación en Chile por parte del Estado ha ido construyendo gradualmente este necesario equilibrio entre un quehacer científico y humanístico que permita formular preguntas amplias y otras más inmediatas.

Si debemos equilibrar las necesidades inmediatas con la creación de conocimiento en un sentido amplio, debemos crear programas que contemplen ambos objetivos. Lo que no podemos perder de vista es que, si nos sujetamos únicamente a la utilidad, estaremos truncando la misión esencial que deben cumplir las universidades. Gobernar implica priorizar, pero priorizar no debería significar decidir de antemano qué conocimiento tiene valor y cuál no.

 

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