La sarcopenia es un síndrome geriátrico caracterizado por la pérdida progresiva de masa, fuerza y función muscular asociada al envejecimiento. Si bien puede comenzar a manifestarse desde los 40 años, sus efectos se vuelven más evidentes y relevantes durante la adultez mayor.
Diversos estudios internacionales estiman que la sarcopenia afecta a un gran número de personas mayores de 60 años, cifra que puede superar el 50% en mayores de 80 años según los criterios diagnósticos utilizados. Esto la convierte en una de las condiciones más prevalentes, aunque menos diagnosticadas, de la vejez.
Entre sus principales causas se encuentran el sedentarismo, una ingesta insuficiente de proteínas, los cambios hormonales propios del envejecimiento y procesos de inflamación crónica de bajo grado. La inactividad prolongada, común durante hospitalizaciones o períodos de convalecencia, puede acelerar significativamente su progresión.
Sus consecuencias van más allá de la debilidad muscular: la sarcopenia incrementa el riesgo de caídas y fracturas, reduce la autonomía para realizar actividades cotidianas y se asocia a una mayor probabilidad de hospitalización y dependencia funcional en el largo plazo.
Romina Fracei, kinesióloga de las residencias Senior Suites, señala que “la sarcopenia muchas veces pasa inadvertida porque se confunde con un proceso normal del envejecimiento, por lo tanto, es importante prevenir y tratar con ejercicios de fuerza y una alimentación adecuada. Detectarla a tiempo permite entregar herramientas para favorecer el envejecimiento activo en nuestros residentes”
Asimismo, existe evidencia que vincula la pérdida de masa muscular con un mayor riesgo de deterioro cognitivo, ya que la actividad física y la fuerza muscular cumplen un rol protector sobre la función cerebral en las personas mayores.
La principal estrategia de prevención es el ejercicio de fuerza o resistencia, realizado de manera regular al menos dos a tres veces por semana. “Actividades como levantar pesas, usar bandas elásticas o realizar ejercicios con el propio peso corporal contribuyen a mantener y desarrollar masa muscular”, explica Fracei.
La alimentación también cumple un rol clave: se recomienda una ingesta adecuada de proteínas distribuida a lo largo del día, junto con niveles suficientes de vitamina D, nutriente que favorece la síntesis y función muscular.
La detección temprana es fundamental. Pruebas simples como la velocidad de la marcha, la fuerza de agarre o cuestionarios de tamizaje permiten identificar señales de alerta y derivar oportunamente a una evaluación profesional.