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Burlas por caso “Chino” y educadoras de párvulos: el desafío de valorar la profesión en Chile. Por Victoria Peña, académica e investigadora de Educación UNAB

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El rescate de dos educadoras de párvulos que quedaron varadas en el Cajón del Maipo ocupó rápidamente los titulares. Sin embargo, más allá del hecho puntual, lo que terminó instalándose en el debate público fue una catarata de burlas, memes y comentarios despectivos que convirtieron la etiqueta de “parvularias” en sinónimo de irresponsabilidad o falta de juicio. Como si el solo hecho de ejercer esta profesión fuera motivo de descalificación.

No busco juzgar las circunstancias del accidente ni las decisiones tomadas por las profesionales, sino reflexionar sobre lo que esa reacción revela de nuestra sociedad. Cuando dos profesionales que sobrevivieron a una situación extrema se convierten en objeto de burla por su profesión, queda en evidencia un problema más profundo: la desvalorización que todavía enfrenta la Educación Parvularia en Chile y la baja valoración de un trabajo históricamente feminizado.

Persiste un imaginario que concibe el jardín infantil como una prolongación del hogar y a las educadoras como cuidadoras antes que como profesionales de la educación. Así, se ha instalado la figura de “la tía”: cariñosa y maternal, pero despojada de su dimensión profesional. Este estereotipo invisibiliza los saberes especializados que requiere una labor que implica formación universitaria, conocimiento del desarrollo infantil, diseño de experiencias pedagógicas y capacidad para observar, evaluar y tomar decisiones.

Las Bases Curriculares de la Educación Parvularia (Mineduc, 2018) reconocen a niñas y niños como sujetos de derecho y sitúan el juego como un eje fundamental del aprendizaje, promoviendo su autonomía y formación integral. Sin embargo, este enfoque convive con una sociedad que todavía percibe el nivel parvulario principalmente desde una lógica asistencialista, sin reconocer que se trata de un espacio de cuidado intencionado y pedagógico.

Desde los primeros meses de vida hasta el ingreso a la Educación Básica, las educadoras diseñan experiencias que, mediante el juego, contribuyen al desarrollo social y cognitivo y sientan las bases de la autonomía, la creatividad, el pensamiento crítico y la sociabilidad. UNICEF ha destacado el aprendizaje a través del juego como un elemento clave de la educación en la primera infancia, mientras que UNESCO ha subrayado la importancia de una atención y educación inicial inclusiva y de calidad para el desarrollo integral y la trayectoria educativa posterior.

Incluso desde la investigación educativa se plantea que algunas metodologías propias de la Educación Parvularia podrían enriquecer los aprendizajes en niveles posteriores. Esto demuestra que no estamos frente a un nivel educativo menor, sino ante una etapa fundamental que entrega herramientas para el desarrollo de niños y niñas y para el resto de su trayectoria escolar.

El problema es que este valor educativo, respaldado por evidencia y organismos internacionales, todavía no permea completamente nuestro imaginario social. Lo que prevalece muchas veces es la idea de que cuidar niños es una capacidad “natural” de las mujeres. De esta manera, la profesión se maternaliza y se reduce a una extensión de la condición femenina, desconociendo el saber pedagógico construido mediante años de formación y experiencia.

Este menosprecio también tiene consecuencias en la identidad profesional de las propias educadoras, quienes deben construir y defender su reconocimiento en medio de expectativas de género y de una cultura que frecuentemente las reduce a la figura de “la tía”. La vocación, que sigue siendo un componente importante de esta profesión, no debiera utilizarse para negar su carácter profesional. Vocación y conocimiento especializado no son conceptos opuestos.

Por eso, el problema no es que dos parvularias hayan quedado atrapadas en una montaña. El problema es que, cuando ocurrió, parte de la sociedad respondió con desprecio hacia una profesión entera. El problema es que una familia pueda escuchar que su hija eligió ser educadora de párvulos y pensar que “no es suficiente”. Y el problema es que miles de mujeres tengan que demostrar permanentemente que son profesionales, maestras y especialistas en educación, y no simplemente “tías”.

Es necesario transitar desde el estigma de la “tía” hacia el reconocimiento de la maestra, reivindicando el carácter pedagógico de la Educación Parvularia y los saberes especializados que combina con el cuidado y la formación integral desde la primera infancia. Para ello se requiere el compromiso de la formación inicial docente, de las políticas públicas, de las familias, de los medios y de la sociedad en su conjunto.

Las Bases Curriculares nos ofrecen un horizonte que reconoce la diversidad, la inclusión, el enfoque de género y la formación ciudadana. Pero ningún currículo, por avanzado que sea, puede transformar por sí solo una mirada social que continúa considerando la educación inicial como un espacio menor.

La Educación Parvularia es la base del sistema educativo y una etapa decisiva para el desarrollo de niños y niñas. Allí, las educadoras, con su conocimiento, vocación y compromiso, construyen diariamente las condiciones para una formación integral, autónoma y justa.

No es tiempo de burlas. Es tiempo de reconocimiento. Es tiempo de pasar de la “tía” a la “maestra” y de comprender que el cuidado también es pedagógico, que el juego también es aprendizaje y que quienes educan desde los primeros meses de vida están contribuyendo a formar a los ciudadanos y ciudadanas del mañana.

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