¿Es la inteligencia artificial un aporte real para la educación? Esta pregunta se la formulo permanentemente a mis estudiantes, futuras y futuros profesores, quienes se enfrentan a una nueva generación inundada por la inteligencia artificial. Casi todos los planos de nuestras vidas parecen susceptibles de automatización, incluidas, por supuesto, las tareas docentes.
A su vez, la integración de la inteligencia artificial en la educación viene acompañada de grandilocuentes promesas de personalización y de potencial mejora en los resultados académicos. Pero ¿qué tan ciertas son éstas?, y ¿en qué condiciones las tecnologías pueden constituir un aporte genuino para la enseñanza?
Hace una década concluía un largo proceso de dotación tecnológica en las escuelas de Chile. La tendencia denominada “un computador por estudiante” (one laptop per child, en inglés), impulsada a nivel global, tuvo en Uruguay su correlato con el Plan Ceibal, en Argentina con Conectar Igualdad, y en nuestro país, con el programa Enlaces.
Hasta el día de hoy, políticas como entregar computadores en 7.º básico (beca TIC), disponer de repositorios en línea o mejorar el acceso a internet en zonas alejadas —una brecha fundamental que siempre hay que resolver— siguen siendo ejes fuertes de las propuestas tecnológico-educativas en nuestro panorama regional.
Sin embargo, en 2015 la OCDE hizo una importante confesión: en su informe Students, Computers and Learning, caracterizó todas estas políticas de acceso a la tecnología como una “naïve policy”, es decir, una estrategia inocente, que asumió que tener una mayor cantidad de computadores y conectividad, produciría automáticamente más y mejor conocimiento en las escuelas.
Al analizar la evidencia disponible se demostró que no hubo ninguna mejora real en habilidades como la comprensión lectora, el razonamiento matemático o la resolución básica de problemas, entre otras.
Hoy nos enfrentamos a una promesa de igual calibre. El panorama actual se caracteriza por una abundancia de marcos y recomendaciones de uso, pero por una escasez de evidencia longitudinal sobre sus consecuencias en el tiempo. La literatura está alertando sobre un fenómeno contrario: la “deuda cognitiva”, es decir, el riesgo de que apoyar funciones humanas en la IA reduzca la propia capacidad de estudiantes y docentes para realizar tareas complejas.
En este contexto, una nueva “política inocente” acompaña la entrada de la IA en la educación: una tecnología con un increíble potencial, pero con poco respaldo empírico para implementarla de manera responsable.
Frente a este escenario, los futuros profesores deben ser orientados para desarrollar una ética profesional que les facilite críticamente la integración de la IA en las aulas. Con una formación integral que les permita conocer tanto las características de la tecnología como sus fronteras éticas y morales, los docentes podrán enfrentar activamente los desafíos de su época y no entregar su discernimiento profesional a una nueva naïve policy.