La investigación muestra que las nuevas generaciones reconocen la felicidad y el crecimiento personal asociados a tener hijos, aunque también ponderan sus costos económicos, laborales y de cuidado.
Los jóvenes en Chile no muestran un desinterés por la familia, sino una transformación en la manera de entender la parentalidad: tener hijos es cada vez más una opción dentro de un proyecto de vida, y no un paso obligatorio hacia la adultez, el matrimonio o la consolidación de una pareja.
Esta es una de las principales conclusiones del estudio “Family and the Value of Children: Reproductive Decisions in Chile”, publicado en Journal of Family Issues por Verónica Gómez-Urrutia, académica de la Universidad Autónoma de Chile; Carlos Mellado, académico de la Universidad Santo Tomás de Talca; y Felipe Tello-Navarro, investigador del Centro CIELO de la Universidad Santo Tomás en Concepción.
La investigación analizó datos de la Encuesta Nacional Bicentenario UC 2024, aplicada a una muestra probabilística de 1.638 personas mayores de 18 años residentes en zonas urbanas de todo el país. El estudio fue financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), a través del proyecto Fondecyt 1230166, adjudicado en 2023.
Los resultados muestran un amplio consenso respecto del valor positivo de los hijos. Observar su crecimiento es asociado con felicidad, mientras que la crianza también se relaciona con un sentido de responsabilidad y desarrollo personal. Sin embargo, entre las personas de 18 a 35 años existe una mayor conciencia sobre las dificultades que implica criar, especialmente en términos económicos, de tiempo y de carga de cuidados.
En este grupo etario, la principal preocupación es que los hijos son difíciles de sostener financieramente. También adquieren relevancia las dificultades para compatibilizar la crianza con el trabajo remunerado, las preocupaciones cotidianas y la incertidumbre respecto de las relaciones de pareja. A la vez, las personas jóvenes muestran una mayor valoración de las familias pequeñas, en las que sea posible entregar más tiempo, atención y recursos a cada hijo.
“El hallazgo central es que la parentalidad no está perdiendo valor, sino que está siendo evaluada de manera más consciente y realista. Las personas jóvenes reconocen sus beneficios emocionales, pero también las condiciones materiales y de apoyo que requiere”, explica la académica de la Universidad Autónoma, Verónica Gómez-Urrutia.
El estudio también identifica un debilitamiento de la asociación tradicional entre matrimonio, pareja estable y llegada de los hijos. Entre las nuevas generaciones existe menor acuerdo con la idea de que las parejas deban casarse al decidir tener un hijo, que el matrimonio sea necesariamente un compromiso para toda la vida o que una pareja deba permanecer unida “por el bien de los hijos”.
Familias diversas
En paralelo, aumenta la aceptación de modelos familiares diversos, incluidos los hogares monoparentales, las parejas sin hijos y las familias conformadas por parejas del mismo sexo. Las mujeres jóvenes, en particular, distinguen con mayor claridad entre formar una pareja y tomar la decisión de tener hijos.
La dimensión de género sigue siendo decisiva. Aunque hombres y mujeres comparten la preocupación por conciliar trabajo y parentalidad, las mujeres perciben mayores costos para sus trayectorias laborales, su autonomía económica y sus proyectos personales. La ausencia de redes de cuidado puede llevarlas a postergar la maternidad, tener menos hijos de los deseados o renunciar a ella. Al mismo tiempo, la opción de no ser madre adquiere mayor legitimidad social.
Los autores advierten que las decisiones reproductivas no pueden comprenderse únicamente como preferencias individuales. La disponibilidad de salas cuna y servicios de cuidado, jornadas laborales compatibles con la vida familiar, una distribución más equitativa de las tareas domésticas y un sistema escolar integral aparecen como condiciones relevantes para quienes desean tener hijos.
“Si la sociedad busca que las personas puedan concretar sus proyectos familiares, se requieren políticas estructurales y no sólo incentivos puntuales. La organización del trabajo y del cuidado debe permitir que la maternidad y la paternidad sean compatibles con otros proyectos de vida”, concluye Gómez-Urrutia.