Entre 1949 y 1985, Wile E. Coyote intentó alcanzar a The Road Runner utilizando todo tipo de trampas y artilugios de ACME, voz griega que significa “el punto más alto de la perfección”. Pocas experiencias de cliente han sido tan desastrosas como la de este animal frente a una compañía que prometía ayudarlo.
Ya fuera una detonación cronometrada, unos patines con cohetes adheridos o un yunque lanzado desde un precipicio, algo siempre salía mal. El Correcaminos escapaba indemne y el Coyote quedaba magullado, aplastado o calcinado. La fórmula era simple: plan-acción-fracaso-insistencia. 34 años en esto, y ahora, una película para intentar resolverlo todo.
El póster de Coyote vs. Acme, dirigida por Dave Green, recupera una mitología que nos recuerda a Sísifo, condenado a empujar una roca colina arriba para después verla caer, una y otra vez, solo que, en esta ocasión, fueron los creadores de este film quienes casi se ven condenados a ser aplastados por una industria escurridiza que buscaba su fracaso.
La película costó cerca de 70 millones de dólares y estaba terminada en 2023, pero Warner Bros ese año decidió archivarla y utilizar todo el desarrollo como una deducción fiscal. La obra debía esfumarse. No triunfar ni fracasar, sino sencillamente no estrenarse y desaparecer.
Pero la comunicación hizo lo suyo. La presión de cineastas, actores y audiencias mantuvo vivo el caso hasta que la distribuidora Ketchup Entertainment adquirió los derechos por unos 50 millones de dólares y consiguió llevar finalmente la película a los cines.
Aquí aparece lo verdaderamente interesante. Un activo prescindible volvió a ser evaluado como obra cultural. Y la audiencia tuvo algo que decir. Rotten Tomatoes le dio un 95% de aprobación y CinemaScore un 94%. Un logro notable.
El caso revela una tensión que excede al cine. ¿Qué ocurre cuando una creación deja de ser considerada una obra y pasa a ser solamente una variable dentro de un balance económico? El problema aparece cuando el KPI deja de medir el resultado y comienza a decidir el valor. Cuando la métrica ya no pregunta si una película emociona, sorprende, divierte o permanece en la memoria, sino cuánto cuesta conservarla, cuánto puede recuperar o, como en este caso, por cuánto conviene eliminarla.
La industria creativa necesita indicadores, pero no debemos confundir medición con utilidad. Una obra artística no es un Excel con celdillas de colores y música de fondo. Su valor puede aparecer en la taquilla, pero también en la conversación que provoca, en la identificación que genera y en aquello que todavía no sabemos medir.
Coyote vs. Acme demuestra, al menos simbólicamente, que las audiencias también participan en la construcción del valor de una obra. Una película concebida como posible pérdida tributaria terminó convertida en un pequeño acontecimiento comunicacional y en una victoria de la persistencia sobre la lógica de los negocios.
El Coyote sigue sin atrapar al Correcaminos. Pero, contra todo pronóstico, el perseverante personaje atrapó a la industria que quiso invisibilizar su existencia.