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Ejercicio y enfermedades respiratorias: un aliado terapéutico clave

Se modernizaronsus 1.150 m², incorporando una nueva distribución de las áreas de entrenamiento, salas completamente renovadas, espacios de cowork y una infraestructura que eleva el estándar deportivo de la Región de Valparaíso.

La división de la estatal licitó un contrato a ocho años que reemplazó la totalidad de sus vehículos diésel por unidades cero emisiones, adelantándose a las metas corporativas de la cuprífera al 2030.

Aunque ya comenzó la primavera, en Chile todavía se mantiene una alta circulación de virus respiratorios, por lo que el cuidado de la salud sigue siendo relevante. En este contexto, la actividad física regular puede convertirse en una herramienta de apoyo para quienes padecen enfermedades respiratorias crónicas y alergias, siempre que se realice de manera adecuada y considerando las condiciones particulares de cada persona.

Más allá de contribuir al acondicionamiento físico, el ejercicio puede ayudar a reducir la disnea y la fatiga, disminuir los niveles de estrés, ansiedad y depresión, y mejorar la tolerancia al esfuerzo, la capacidad aeróbica y la fuerza muscular.

Rubén Pérez, coordinador del Departamento de Morfología y Función de UDLA Sede Viña del Mar, explica que estos efectos pueden favorecer la calidad de vida y una mayor autonomía de las personas con enfermedades respiratorias y cuadros alérgicos.

«El ejercicio regular y progresivo es una herramienta fundamental dentro de la rehabilitación respiratoria. No solo mejora parámetros clínicos, sino que también aporta bienestar físico y emocional, favoreciendo una vida con mayor calidad y autonomía», señala el académico.

En personas con Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), la actividad física se asocia con una disminución en el número de hospitalizaciones y reingresos. En quienes presentan asma, puede contribuir a un mejor control de los episodios obstructivos y reducir la hiperreactividad bronquial. En la fibrosis quística, facilita la limpieza de las vías respiratorias, mientras que, después de cuadros de neumonía o COVID-19, puede apoyar la recuperación una vez superada la fase aguda.

Riesgos y precauciones

Que esta actividad sea beneficiosa no significa que todas las personas deban realizarla de la misma forma. En quienes presentan enfermedades respiratorias, debe efectuarse con criterio y bajo supervisión profesional.

«Realizar actividad física no implica que todas las personas deban entrenar de la misma manera. La evaluación previa permite identificar riesgos y establecer el tipo de ejercicio, la intensidad y la duración más apropiados para cada caso», precisa Rubén Pérez, quien menciona que entre los riesgos potenciales se encuentran la broncoconstricción inducida por el ejercicio, el descenso de la saturación de oxígeno, especialmente en pacientes con fibrosis pulmonar, y la aparición de tos u opresión torácica ante aire frío, seco o con altos niveles de contaminación.

También es importante considerar factores de riesgo cardiovascular, como un infarto reciente o arritmias no controladas, que podrían contraindicar temporalmente la actividad.

El entorno también es relevante. Se recomienda evitar temperaturas extremas y espacios con mala calidad del aire.

¿Cómo estructurar una sesión adecuada?

El académico explica que una sesión debería comenzar con un calentamiento de 5 a 15 minutos, incorporando movimientos suaves y estiramientos dinámicos. Luego, se puede avanzar a una fase central con ejercicio aeróbico, como caminata vigorosa, bicicleta estática, natación o baile, complementado con entrenamiento de fuerza para los principales grupos musculares.

La fase central puede extenderse entre 20 y 30 minutos. Quienes retoman la actividad después de un periodo de inactividad pueden comenzar con sesiones de 10 a 15 minutos e incrementar gradualmente el tiempo y la carga de trabajo. Para finalizar, se recomienda un enfriamiento de 5 a 10 minutos con movilidad articular y estiramientos.

“En personas con enfermedades respiratorias, la intensidad debería mantenerse en niveles moderados, especialmente al retomar la actividad. Una herramienta sencilla para regular el esfuerzo es el Test del Habla, instrumento con el que las personas pueden reconocer la intensidad del esfuerzo. La actividad física debe generar un desafío, pero sin provocar una dificultad respiratoria excesiva. Si durante el ejercicio se puede mantener una conversación sin dificultad, la intensidad es adecuada. En cambio, si hablar resulta difícil o aparece una sensación marcada de sofocación, el esfuerzo podría ser demasiado elevado”, explica Pérez.

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