Este 28, 29 y 30 de septiembre, especialistas UCSC explican qué cambia cuando una película se ve en el cine y cómo la pantalla, el sonido y la atención forman parte de la experiencia.
Cada semana llegan nuevos estrenos a las salas de cine. Sin embargo, su paso por la cartelera suele ser breve: pocos días después, muchas de estas películas comienzan a incorporarse a las plataformas digitales que permiten verlas desde el computador o el celular. Esquivando los spoilers durante un tiempo, es posible sorprenderse con la película de todas formas.
En este contexto, el Día del Cine 2026, que en Chile se celebra este lunes 28, martes 29 y miércoles 30 de septiembre, abre una oportunidad para volver a preguntarse por el valor de la experiencia cinematográfica. Y si es posible elegir cuándo, dónde y en qué dispositivo ver una película, ¿dónde recae el valor de una sala de cine?
Para el Secretario Académico de la Facultad de Comunicación, Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), Dr. Manuel Rivera, el espacio en que se ve una película modifica la experiencia. “Desde un teléfono móvil o una TV de casa, la imagen tiende a ser comprimida y el campo visual tiene un contorno ocupado por elementos externos en donde esté apoyado el aparato. Así se van perdiendo elementos claves de la puesta en escena, la iluminación o los gestos pierden fuerza o incluso pasan inadvertidos”.
Pero no se trata únicamente de las dimensiones de la pantalla. La sala establece una forma particular de relacionarse con la película. “El cine entrega oscuridad, sonido envolvente, la disposición emocional y corporal en el asiento, sumada a la nula posibilidad de hacer pausas. Eso hace que podamos apreciar un film con mayor atención”, señala el académico.
Para la Directora de Extensión Cultural UCSC, Dra. Natalia Baeza, estas condiciones de recepción no son un elemento secundario, sino parte de la experiencia artística. “No es lo mismo ver una película entre pausas para hacer otras cosas que poner toda tu atención en ella. Como cualquier obra de arte, las películas se construyen considerando formas de recepción que son parte de la experiencia para la cual fue pensada”.
La posibilidad de acceder a una película fuera de una sala, sin embargo, no implica que la obra pierda su valor. Para Baeza, ampliar las formas de acceso también constituye un aspecto relevante de la cultura.
“Una película no deja de tener valor solo por verla en un computador o en un teléfono. Desde la gestión cultural, el mayor acceso es algo que debemos valorar; sin embargo, acceso y experiencia no necesariamente son lo mismo”.
La diferencia plantea una reflexión sobre los hábitos culturales actuales. Si hoy es posible decidir cuándo, dónde y en qué dispositivo mirar una película, también cambian las condiciones de atención con las que el público se relaciona con ella. “Hoy tenemos acceso a una cantidad de obras que probablemente ninguna generación anterior tuvo a su disposición. Pero esa democratización cultural requiere de una ocupación por parte del público sobre la experiencia que construimos al ver una película”, señala Baeza.
La discusión no se reduce a elegir entre una sala de cine y una pantalla personal. Tampoco se trata solo de qué película ver, sino de cómo es el encuentro con ella.