En el Día del Cine, quizás algunos se pregunten ¿de qué sirve nuestro cine? Basta mirar el mundo para comenzar a responder. Dos Oscar —Historia de un Oso y Una Mujer Fantástica—, premios, festivales y películas que han llevado nuestros paisajes, rostros e historias mucho más allá de nuestras fronteras. Y éxitos de taquilla en nuestras salas, como El chacotero sentimental, Taxi para tres, y el filme que tuve el honor de dirigir, Subterra.
Ahí está el gran Patricio Guzmán, con La Batalla de Chile, Nostalgia de la Luz y La Cordillera de los Sueños: una obra magistral y sobrecogedora que convierte nuestra historia y territorio en reflexión universal.
Desde Valparaíso, mi amor, El Chacal de Nahueltoro, Cien niños esperando un tren, La Frontera y Machuca, hasta Tony Manero, Una mujer fantástica, 1976, La memoria infinita, Los colonos, Denominación de Origen, La peligrosa mirada del flamenco, entre cientos más, nuestro cine ha retratado la belleza, las heridas y la complejidad humana, desde nuestro país.
Y también es industria. Miles de artistas y técnicos audiovisuales creando nuestras imágenes. Por la calidad de esos creadores, entre 2017 y 2024, el programa IFI Audiovisual de CORFO apalancó más de $16.800 millones de inversión extranjera en Chile, atrayendo producciones de empresas como Netflix, HBO y Amazon Studios.
El cine enriquece también nuestras pantallas televisivas: Los 80, El Reemplazante, Los archivos del Cardenal. Y Chile es visto gracias a cineastas universales como Alejandro Jodorowsky, Pablo Larraín y Sebastián Lelio.
Chile es, en parte, su cine: el Chile que construimos, cuestionamos y recordamos. Los países desarrollados lo saben. El cine es cultura, memoria, industria y una enorme carta de presentación, y por eso apuestan con apoyos sustantivos a su producción.
Por eso la pregunta contiene una ironía y su propia respuesta: el cine chileno no solo “sirve”. Es esencial para conocer e imaginar el país que somos y el que dibujamos llegar a ser.