Mientras el mundo discute si es conveniente o no ralentizar el avance de la Inteligencia Artificial por los riesgos que su avance descontrolado podría implicar para la Humanidad, conviene recordar que esta tecnología ya está integrada en múltiples ámbitos y que su impacto es tangible. Uno de los terrenos más sensibles es la ciberseguridad.
Sin ir más lejos, los atacantes están utilizando esta tecnología para reducir la ejecución de ciberataques de semanas a días, según el reporte The State of AI, presentado recientemente por Sophos. El hallazgo más inmediato es la velocidad: los delincuentes no están inventando nuevas técnicas, sino acelerando las existentes. Además, la identidad se ha convertido en el principal vector de acceso inicial, desplazando a otros métodos tradicionales.
Este escenario plantea una paradoja. Por un lado, se discute si la IA podría volverse incontrolable y amenazar la estabilidad global. Por otro, ya es evidente que su uso por parte de actores maliciosos está generando riesgos concretos y urgentes. ¿Es razonable frenar la innovación cuando los atacantes avanzan sin restricciones?
La respuesta parece clara: más allá de los debates geopolíticos, lo que no debiera estar en duda es la necesidad de aplicar la IA en favor de la seguridad. Si los ciberdelincuentes la emplean para multiplicar su capacidad de ataque, los defensores deben contar con herramientas equivalentes para anticiparse y neutralizar estas nuevas amenazas.
En definitiva, el dilema no es si detener o acelerar la IA, sino cómo garantizar que su desarrollo se oriente hacia la protección de las personas y las organizaciones. La pausa puede ser un lujo; la defensa, en cambio, es una urgencia impostergable.