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Colegio de Administradores llama a gestionar las comunidades con perspectiva empresarial

Los equipos intervinieron el sector adyacente a la planta y al emisario, sumándose a una jornada territorial que permitió retirar más de una tonelada de residuos en la bahía de Quintero y Puchuncaví.

Se modernizaronsus 1.150 m², incorporando una nueva distribución de las áreas de entrenamiento, salas completamente renovadas, espacios de cowork y una infraestructura que eleva el estándar deportivo de la Región de Valparaíso.

En la charla dirigida a administradores de comunidades en EXPO Condominios 2026, Juan Carlos Latorre, presidente del Colegio del Administradores, empezó por confesar una debilidad propia: la imposibilidad de sustraerse a un grupo de WhatsApp de una comunidad que administraba. La anécdota, contada con ironía, sirvió de entrada a un diagnóstico mucho más serio sobre el oficio de administrar edificios, que Latorre describe como una profesión al límite.

El problema, según explicó, tiene una raíz normativa. La ley de copropiedad exige al administrador cerca de 150 funciones específicas, cifra que supera las 200 si se suman los reglamentos internos de cada comunidad y las obligaciones adicionales que exigen los propietarios. La mayoría de quienes ejercen la profesión —entre el 70% y el 80%, según sus cálculos— gestiona entre una y cinco comunidades sin contar con la estructura de una empresa. El resultado, sostuvo, es un colectivo desbordado, obligado a resolver imprevistos de un edificio a otro sin margen para planificar.

Ese diagnóstico conduce a la idea central de la charla: administrar un edificio y dirigir una empresa de administración son, para Latorre, dos oficios distintos que rara vez se distinguen. El primero se aprende con la práctica diaria; el segundo requiere una mirada empresarial que, a su juicio, la mayoría de los profesionales del sector nunca llega a adoptar. Por eso propuso un ejercicio de autodiagnóstico: calcular el valor real de la propia hora de trabajo y desglosar los ingresos comunidad por comunidad, para determinar cuáles resultan efectivamente rentables.

El cálculo, advirtió, no debe limitarse a lo económico. Hay comunidades que aportan valor por otras vías —visibilidad, referencias comerciales, experiencia en proyectos complejos— y ese valor también debe ponderarse. Latorre incorporó además una variable que rara vez se menciona en foros del sector: la salud mental. Se refirió a administradores que acumulan desgaste físico y emocional, con consecuencias en su vida familiar, por no haberse permitido nunca evaluar de forma objetiva su propia gestión.

Las soluciones que planteó son de orden práctico: protocolos para cada tarea (comparó la gestión de un edificio con las listas de verificación de un piloto de aviación, profesión que él mismo ejerce), visitas planificadas en lugar de improvisadas, un archivo ordenado y equipos de trabajo en las comunidades con autonomía real, no limitados a ejecutar órdenes.

Sobre la inteligencia artificial, su valoración fue moderada: resulta útil para tareas puntuales, como resumir actas, pero no resuelve los problemas de fondo del sector y en ocasiones genera trabajo adicional al requerir revisión y corrección.

La charla concluyó con una advertencia planteada casi como pronóstico. Del mismo modo en que el exceso de regulación en otros sectores allanó el camino a plataformas como Uber, Airbnb o el bitcoin, el peso creciente de las exigencias sobre los administradores podría terminar por desplazarlos hacia modelos alternativos, como la figura del síndico que ya opera en Brasil, sin necesidad de un administrador tradicional. Para Latorre, la única forma de evitar ese desenlace pasa por que el sector abandone la lógica de la supervivencia diaria y empiece a gestionarse, de una vez, como lo que en realidad es: una empresa.

 

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