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Internet no es cosa de niños. Por Luciano Ahumada, decano (i) Facultad de Ingeniería y Ciencias UDP

Los equipos intervinieron el sector adyacente a la planta y al emisario, sumándose a una jornada territorial que permitió retirar más de una tonelada de residuos en la bahía de Quintero y Puchuncaví.

Se modernizaronsus 1.150 m², incorporando una nueva distribución de las áreas de entrenamiento, salas completamente renovadas, espacios de cowork y una infraestructura que eleva el estándar deportivo de la Región de Valparaíso.

Mesas y sillas plegables, bolsos para picnic, cocinillas y carpas forman parte de la propuesta de la marca, que también cuenta con un showroom en Quilpué para conocer sus productos de cerca.

Australia prohibió a los menores de 16 años tener cuentas en determinadas redes sociales. Reino Unido avanza en una dirección similar y Europa exige mayores resguardos para los niños en entornos digitales. La preocupación es comprensible; la confusión entre regular redes sociales y regular Internet, no.

La diferencia parece propia de ingenieros, pero no lo es. TikTok, Instagram y los videojuegos son productos cuyos responsables deciden qué contenidos recomiendan, qué datos recopilan y cómo retienen a sus usuarios. Internet, en cambio, es la infraestructura que permite comunicarse a estos y millones de otros servicios, como universidades, bibliotecas y medios de comunicación.

La experiencia internacional demuestra que es posible distinguirlos. Australia impuso obligaciones a las plataformas, excluyendo servicios de mensajería y numerosos videojuegos. Reino Unido exige protecciones según el riesgo para los menores. Europa, Estados Unidos y Japón llevan décadas clasificando videojuegos por edad, mientras distintos países regulan sus compras y mecanismos de recompensa. Nada de ello exige convertir al proveedor de Internet en árbitro de lo que un niño puede ver. Ese límite importa.

Podemos debatir si TikTok debe admitir a menores de trece años, si un videojuego puede venderles recompensas aleatorias o qué contenidos debe ofrecerles Instagram. Pero estas discusiones deben dirigirse a quienes diseñan esos productos y se benefician de ellos.

Proteger a los niños de ciertos negocios digitales puede ser sensato. Protegerlos de Internet es otra cosa, probablemente mucho más peligrosa.

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