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No es bueno siempre poder. Por Jenny Collipal Cayun, Directora Escuela de Medicina, Facultad de Ciencias de la Salud Universidad Católica de Temuco

Los equipos intervinieron el sector adyacente a la planta y al emisario, sumándose a una jornada territorial que permitió retirar más de una tonelada de residuos en la bahía de Quintero y Puchuncaví.

Se modernizaronsus 1.150 m², incorporando una nueva distribución de las áreas de entrenamiento, salas completamente renovadas, espacios de cowork y una infraestructura que eleva el estándar deportivo de la Región de Valparaíso.

Mesas y sillas plegables, bolsos para picnic, cocinillas y carpas forman parte de la propuesta de la marca, que también cuenta con un showroom en Quilpué para conocer sus productos de cerca.

“Las mujeres, no pocas veces, hemos tenido que demostrar el doble de capacidad para que se nos reconozca la mitad del mérito”.

Así, pienso en todas las veces en que muchas mujeres hemos sentido que no basta con hacer bien nuestro trabajo: debemos demostrarlo. Y volver a demostrarlo.

Pero, hoy, esto me lleva a una reflexión distinta.

¿Qué pasa cuando, después de tantos años cuidando a otros, somos nosotros quienes enfermamos?

Quienes trabajamos en salud conocemos bien el significado de la palabra “cuidado”. Acompañamos el dolor, tomamos decisiones difíciles, contenemos familias, a nuestros equipos, enfrentamos la incertidumbre y convivimos con la fragilidad humana. En mi caso, en una unidad crítica, además, sabemos que detrás de cada monitor, cada ventilador y cada examen hay una persona y una familia esperando que hagamos lo mejor posible.

Pero existe una contradicción que pocas veces reconocemos: somos increíblemente buenos enseñando a cuidar pacientes y, a veces, desesperadamente malos cuidando a quienes los cuidan.

En medicina aprendemos muy temprano a resistir, a continuar, aunque estemos cansados. A terminar el turno. A postergar el almuerzo. A responder una llamada cuando llevamos demasiadas horas despiertos. A seguir funcionando después de haber presenciado sufrimiento, muerte o situaciones emocionalmente tristes.

Incluso hemos construido una cultura profesional en la que resistir pareciera ser una virtud. Y cuando somos mujeres, muchas veces esa exigencia adquiere otras dimensiones.

No solamente debemos ser buenas profesionales. También intentamos estar presentes como madres, hijas, parejas, cuidadoras, académicas, investigadoras o directivas. Queremos responder en todos nuestros espacios y, muchas veces, procuramos hacerlo sin que se note el cansancio.

Aprendemos peligrosamente a decir: “Yo puedo”. Y… ¡podemos!

El problema es cuando confundimos poder con tener que poder siempre.

Porque el cuerpo finalmente habla.

Enfermar cuando se trabaja en salud produce una experiencia profundamente paradojal. De pronto, quien está acostumbrado a resolver, debe esperar. Quien entrega indicaciones, necesita recibirlas. Quien tranquiliza a otros, siente miedo. Quien cuida, necesita ser cuidado.

Entonces, comprendemos algo que quizás conocíamos, pero que no siempre habíamos experimentado con la misma profundidad: debajo del uniforme, del cargo, de los títulos y de las responsabilidades existe una persona.

Ser vulnerable no nos hace malos profesionales. Nos hace humanos.

Por eso creo que necesitamos revisar la cultura que hemos construido dentro de nuestras instituciones.

No deberíamos sentir orgullo de sistemas que funcionan porque sus trabajadores son capaces de soportar condiciones extraordinarias de manera permanente. La capacidad de sacrificio de las personas nunca debería transformarse en un mecanismo de gestión.

Tampoco podemos hablar de humanización pensando exclusivamente en quien está al otro lado de la cama. La humanización tiene que atravesar toda la organización.

Cuidar al cuidador no es un beneficio laboral accesorio. Es también seguridad del paciente.

Un trabajador exhausto, desbordado, atemorizado o que siente que no puede expresar dificultades trabaja en condiciones menos seguras. Por eso, bienestar laboral, calidad asistencial, humanización y seguridad del paciente no deberían abordarse como mundos diferentes. Son dimensiones de un mismo problema.

Y quienes ejercemos liderazgo tenemos una responsabilidad adicional.

No basta con hablar de bienestar.

Tenemos que construir ambientes donde pedir ayuda sea posible, donde reconocer cansancio no sea interpretado como debilidad, donde señalar un problema de seguridad no convierta automáticamente a quien lo comunica en un problema para la organización, y donde las diferencias profesionales puedan discutirse con respeto.

También necesitamos dejar de romantizar la figura del médico y, particularmente, de la mujer médica capaz de hacerlo todo.

Yo no quiero transmitirles a las nuevas generaciones de colegas que para llegar lejos deben demostrar el doble, trabajar el doble o aprender a soportarlo todo.

Quiero enseñarles algo distinto.

Que pueden ser competentes sin destruirse en el intento.

Que pueden aspirar a liderar.

Que pueden ser firmes y sensibles.

Que pueden exigir excelencia y, al mismo tiempo, cuidar.

Que poner límites no significa estar menos comprometidas.

Y que reconocer nuestra propia vulnerabilidad puede convertirnos en mejores médicos y mejores líderes.

Quizás esa sea una de las transformaciones más profundas que necesita hoy nuestro sistema de salud: pasar de una cultura que admira cuánto somos capaces de soportar, a otra que se pregunta qué necesitamos para poder cuidar bien y seguir estando bien.

Porque ninguna institución debería esperar que sus trabajadores enfermen para preguntarse cómo están.

Y porque después de muchos años dedicados a cuidar a otros, uno termina comprendiendo una verdad muy sencilla: quienes cuidamos también somos personas. También tenemos miedo. También nos cansamos. También nos enfermamos y también merecemos ser cuidados.
Humanizar la salud comienza con el paciente.
Pero no puede terminar allí.

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