Chile está entrando en una etapa en que su principal ventaja competitiva no puede depender sólo de los recursos que extrae, sino también del conocimiento que es capaz de generar y aplicar.
La última medición oficial muestra que el país destinó en 2023 el 0,41% de su PIB a investigación y desarrollo, alcanzando un máximo histórico para este indicador. Al mismo tiempo, la minería -uno de los principales motores de nuestra economía- enfrenta una nueva ola de inversión, luego de que Cochilco proyectara una cartera de US$104.549 millones hasta 2034, la mayor en más de una década.
Ambas cifras nos revelan una misma oportunidad: conectar conocimiento con productividad. Sin embargo, la pregunta que deberíamos hacernos es cómo lograr que una mayor inversión en ciencia, tecnología e innovación llegue efectivamente a nuestras industrias y se traduzca en procesos más eficientes, operaciones más seguras, menor consumo de recursos y mayor capacidad para competir globalmente.
La minería es un buen caso para analizar. La industria enfrenta desafíos estructurales que hacen necesario elevar la productividad, ya que tenemos yacimientos más antiguos, menores leyes de mineral, mayores exigencias de eficiencia y la necesidad de avanzar hacia operaciones más seguras y sostenibles. En este escenario, incorporar tecnología no puede significar simplemente digitalizar procesos existentes. El verdadero salto ocurre cuando los datos, la inteligencia artificial y la automatización permiten tomar mejores decisiones.
Hoy existen tecnologías capaces de cambiar esa ecuación. Los gemelos digitales, por ejemplo, permiten representar virtualmente activos y procesos industriales para simular escenarios, anticipar comportamientos y detectar oportunidades de optimización antes de intervenir físicamente una operación. La inteligencia artificial, por su parte, puede analizar grandes volúmenes de información para anticipar fallas, optimizar procesos y apoyar la toma de decisiones.
Nuestro país tiene la posibilidad de utilizar sus industrias estratégicas como espacios para transformar conocimiento en productividad, innovación y nuevas capacidades, lo cual requiere una colaboración más estrecha entre empresas, universidades, centros tecnológicos, Estado y trabajadores. No se trata solamente de desarrollar tecnología en Chile, también de crear las condiciones para que el conocimiento disponible pueda llegar con mayor rapidez a las operaciones y traducirse en mejoras concretas para la industria.
El gran desafío es que la próxima ventaja competitiva a nivel nacional no dependa únicamente de lo que extraemos de la tierra, sino también de lo que somos capaces de aprender, desarrollar y transformar en valor.