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La vida como vitrina: ¿cuánto de lo que mostramos en redes sociales somos realmente? Karin Merino, académica de la carrera de Sociología de la Universidad Andrés Bello

Los equipos intervinieron el sector adyacente a la planta y al emisario, sumándose a una jornada territorial que permitió retirar más de una tonelada de residuos en la bahía de Quintero y Puchuncaví.

Las redes sociales no inventaron la necesidad humana de gestionar la impresión que causamos en los demás. Mucho antes de Instagram ya elegíamos qué contar, cómo vestirnos, qué fotografías guardar y qué partes de nuestra vida reservar para unos pocos. Lo nuevo es la escala, la permanencia y la intensidad con que hoy podemos hacerlo. Tenemos plataformas que nos permiten transformar nuestra propia vida en una suerte de proyecto artístico y convertirnos en curadores del contenido de nuestro día a día: seleccionamos el material, diseñamos el montaje y establecemos un diálogo entre “los objetos” expuestos y el público. Como si cada perfil fuera una pequeña galería abierta, vamos decidiendo qué merece entrar en escena y qué permanece fuera del cuadro. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de convertir nuestra vida cotidiana en una representación permanente, ni tantos indicadores para saber cuánto gusta esa representación a los demás.

Ahora bien, ¿podría alguien afirmar objetivamente que aquello que publicamos en redes no es lo que somos? ¿Qué entendemos, finalmente, por realidad?

Desde la microsociología, distintas perspectivas han mostrado que una parte importante de la realidad social se construye mediante la interacción y los significados que atribuimos a las acciones, los objetos y los símbolos. Desde el interaccionismo simbólico, por ejemplo, los seres humanos no respondemos simplemente a estímulos: interpretamos el mundo y actuamos en función de los significados que construimos y negociamos con otros. Somos, en alguna medida, también aquello que vamos siendo en relación.

Desde esta perspectiva, podríamos pensar que las redes sociales no solo representan nuestra realidad: también están participando en su transformación. Han modificado las formas en que interactuamos, creando nuevos escenarios cotidianos donde presentarnos ante distintas audiencias y, al mismo tiempo, observar, interpretar y etiquetar a otros. Hoy está literalmente al alcance de nuestros dedos pronunciarnos sobre qué es justo o injusto, permitido o inaceptable, admirable o condenable. Hay, de hecho, toda una sociología de los comentarios en redes sociales esperando ser explotada.

Las plataformas también han globalizado algunos de los contextos simbólicos en los que ocurren estas interacciones. Memes, trends, audios y otros contenidos virales adquieren significados compartidos que atraviesan fronteras. Podemos encontrarnos, por ejemplo, con Miguel Bosé publicando desde España una escena cotidiana caminando junto a sus perros y utilizando como fondo un audio viral surgido días antes en Chile a partir de una particular interpretación de Mauricio Pinilla de una de sus canciones más conocidas. Una escena pequeña, incluso divertida, pero que muestra algo fascinante de nuestra época: los significados viajan, se transforman y terminan formando parte de conversaciones colectivas entre personas que probablemente nunca compartirán un mismo espacio físico.

Entonces si históricamente todos hemos representado distintas versiones de nosotros mismos, seleccionando qué contamos, cómo nos vestimos, qué mostramos y qué ocultamos dependiendo del escenario y de nuestra audiencia, publicar una fotografía cuidadosamente elegida no convierte automáticamente ese contenido en falso.

Un estudio de Verónica Gómez-Urrutia y Andrés Jiménez Figueroa, realizado con 892 estudiantes secundarios chilenos, encontró que los adolescentes se percibían mayoritariamente auténticos en redes sociales y que trasladaban a ellas normas y códigos presentes fuera de internet. Más que construir una identidad ficticia, las redes parecen constituir un nuevo escenario donde construimos y negociamos quiénes somos frente a otros.

Erving Goffman planteó hace décadas una metáfora especialmente útil para comprenderlo. Simplificándole, distinguió entre espacios de fachada -donde sostenemos determinadas actuaciones frente a otros-  y espacios de trasfondo, donde podemos relajar esa representación.

El problema contemporáneo quizás comienza cuando el escenario nunca termina de cerrarse. El teléfono lo introduce en la casa, la cama, las vacaciones, el cumpleaños, la comida familiar e incluso el duelo. Lo llevamos en el bolsillo y, con él, llevamos también una audiencia potencial. Una parte cada vez mayor de nuestra experiencia puede transformarse en contenido. El paisaje que estamos mirando, el plato que vamos a comer, el encuentro con alguien que queremos o incluso un momento de tristeza pueden convertirse, casi instantáneamente, en algo para ser mostrado.

Y aquí “sentipienso” que necesitamos preguntarnos no solamente por las posibilidades que esta revolución de la interacción nos ofrece, sino también por sus riesgos. Quizás una pregunta importante sea ¿Qué dimensiones de nuestra humanidad están quedando fuera del cuadro?

¿Toda conexión constituye un vínculo? 

Las redes sociales nos permiten mantener relaciones a distancia, encontrar comunidades, generar pertenencia y sostener vínculos que de otro modo podrían desaparecer. Nos permiten reencontrarnos con alguien que la vida llevó lejos, acompañar desde otro país, descubrir personas con experiencias semejantes a las nuestras o encontrar una comunidad cuando sentimos que no encajamos en ninguna cercana. Ese potencial no debería minimizarse.

Sin embargo, podemos tener 1.500 contactos, recibir 200 saludos de cumpleaños y, aun así, disponer de muy pocas personas capaces de cuidarnos cuando estamos enfermos, escuchar nuestros problemas o nuestros éxitos durante dos horas, acompañarnos a realizar un trámite o modificar sus propios planes porque necesitamos ayuda. Tal vez allí se vuelve visible una diferencia sencilla, pero profunda: alguien puede saber mucho de nuestra vida sin necesariamente formar parte de ella.

Aquí aparece una distinción sociológicamente relevante entre conectividad y reciprocidad. Y la reciprocidad vuelve visible un componente fundamental de los vínculos humanos: el cuidado del otro.

Un estudio de Hall, Dominguez y Mihailova, realizado con 1.869 adultos, encontró que tener más vínculos cercanos y encontrarse con ellos cara a cara se asociaba con mayor satisfacción vital y menor soledad. Las llamadas y videollamadas también mostraron asociaciones positivas, sugiriendo que la tecnología puede sostener los vínculos, pero no reemplaza la importancia de las relaciones cercanas.

También en este ámbito las redes tienen un enorme potencial. Permiten informarnos, organizarnos y conocer otras experiencias relacionadas con el cambio climático, el cuidado animal, la protección de la naturaleza, las infancias o las personas con necesidades especiales. Nos permiten saber que alguien está pasando por un mal momento, escribirle desde lejos o enviarle algo que sabemos que puede sacarle una sonrisa. A veces un mensaje que cruza cientos de kilómetros llega precisamente cuando alguien lo necesitaba.

Pero cuidar a alguien muchas veces también supone estar, ayudar, sostener y acompañar.

De la misma manera, conocer un territorio supone caminarlo, olerlo, experimentar sus distancias, encontrarse con quienes lo habitan, conocer sus medios de transporte, sentir su clima y experimentar las barreras que allí existen para el bienestar y la vida cotidiana. Construir comunidad implica negociar diferencias, colaborar, asumir responsabilidades, sostener conversaciones incómodas y hacer cosas con otros. Relacionarnos con la naturaleza requiere una experiencia que difícilmente puede reducirse a mirar imágenes de paisajes, escuchar cantos de aves o ver videos del desierto florido.

Quizás uno de los riesgos de nuestra creciente exposición sea que la representación que inicialmente construimos para obtener reconocimiento termine convirtiéndose en una expectativa que nosotros mismos debemos cumplir. O que lleguemos a estar extraordinariamente conectados con personas situadas a miles de kilómetros y, simultáneamente, desconozcamos quién vive al otro lado de nuestra puerta, qué ocurre en nuestro barrio o incluso qué ecosistema sostiene el territorio que habitamos y podría estar en peligro.

Por eso, tal vez la pregunta inicial, ¿cuánto de lo que mostramos en redes sociales somos realmente?, no tenga una respuesta binaria. Lo que mostramos también somos nosotros, pero nosotros somos mucho más que aquello que podemos mostrar.

Quizás el desafío de nuestra época no sea abandonar las redes sociales, sino incorporar a los diálogos que tenemos sobre nuestro futuro como sociedad el aprender a distinguir entre ser vistos y ser conocidos; entre estar conectados y cuidarnos; entre seguirnos y estar verdaderamente vinculados.

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