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Salud mental en Chile: cuando cuidarse no depende solo de uno. Por Dr. Luis Felipe Acevedo, coordinador del Comité de Salud Mental de la Sociedad Chilena de Medicina Familiar (SOCHIMEF)

Los equipos intervinieron el sector adyacente a la planta y al emisario, sumándose a una jornada territorial que permitió retirar más de una tonelada de residuos en la bahía de Quintero y Puchuncaví.

Chile enfrenta un deterioro de su salud mental que no puede entenderse únicamente desde el diagnóstico individual. La última medición del Termómetro de la Salud Mental ACHS-UC mostró que un 18,5% de las personas presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental, la cifra más alta de los últimos cuatro años. También aumentaron los síntomas de depresión, ansiedad, insomnio y soledad.

Detrás de esas cifras hay algo que vemos diariamente en la atención de salud: las personas no viven sus dificultades de manera aislada. La incertidumbre económica y laboral, los cambios sociales, la inseguridad y la preocupación por el futuro se acumulan sobre familias que muchas veces ya están sometidas a importantes exigencias de cuidado.

Frente a problemas tan grandes, es necesario reconocer que existen situaciones que no podemos controlar, pero también acciones que pueden ayudarnos a proteger nuestro bienestar. Mantener espacios para descansar, realizar actividad física, disfrutar de la naturaleza o dedicar tiempo a aquello que nos gusta puede reducir el estrés y permitirnos recuperar energías. Sin embargo, convertir estas recomendaciones en una lista de obligaciones individuales puede terminar siendo injusto.

¿Cómo le pedimos que descanse a una persona que cuida sola a un familiar enfermo? ¿Cómo recomendamos tiempo libre a quien trabaja extensas jornadas o vive permanentemente preocupado por llegar a fin de mes? La salud mental también depende de las condiciones concretas en que vivimos.

Desde la Medicina Familiar buscamos comprender precisamente esas circunstancias. No se trata solo de preguntar qué síntomas tiene una persona, sino qué está ocurriendo en su familia, en su trabajo y en su comunidad, qué redes posee y cuáles podrían fortalecerse. A veces, una intervención relevante puede ser organizar los cuidados con otros integrantes de la familia, identificar apoyos donde vivimos o simplemente ayudar a que alguien deje de enfrentar sus dificultades en soledad.

Los vínculos son una parte fundamental del cuidado. Compartir con quienes queremos, participar en actividades culturales o recreativas y sentirnos parte de una comunidad no solo genera bienestar: también nos permite sentirnos acompañados y más seguros frente a la adversidad.

Por eso, frente a la actual crisis de salud mental, debemos evitar un mensaje que reduzca todo a “cuidarse más”. El autocuidado importa, pero necesita condiciones que lo hagan posible. La respuesta no puede descansar exclusivamente sobre los hombros de quienes están sobrecargados.

Necesitamos familias capaces de compartir los cuidados, comunidades que reconstruyan vínculos, espacios laborales que protejan a las personas e instituciones que faciliten el acceso oportuno a apoyo profesional. Cuidar la salud mental es una tarea personal, pero también colectiva. Porque nadie debiera tener que sostener, completamente solo, el peso de estar bien.

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