Durante décadas organizamos nuestra vida en tres grandes etapas. Primero, los años de formación. Luego, una extensa vida laboral y, finalmente, la jubilación, entendida como un período de descanso. Un modelo que parecía razonable a mediados del siglo pasado, pero que hoy resulta insuficiente frente a una realidad que está transformando nuestra sociedad: vivimos cada vez más años.
Esta “nueva longevidad” nos plantea una pregunta fundamental. ¿Estamos preparados financiera, emocional y socialmente para vivir hasta los 90 o incluso los 100 años?
Un reciente estudio de CIPEM, iniciativa de Caja Los Héroes y la Universidad del Desarrollo, entrega señales positivas. En Chile, el 66,4% de las personas mayores declara sentirse bastante o muy feliz, un aumento de 4,2 puntos porcentuales respecto de 2021. Asimismo, el 81,1% manifiesta estar satisfecho con su vida. Sin embargo, la proporción que declara confiar bastante o mucho en otras personas disminuyó de 28,3% a 25,8% en el mismo período. Una realidad que nos invita a reflexionar sobre la importancia de fortalecer la convivencia y los vínculos sociales.
La contradicción es evidente. Mientras la vida se extiende, seguimos organizando nuestra sociedad en torno a una edad de jubilación que puede dejar por delante dos o tres décadas de vida. A ello se suma una estructura que separa a las generaciones: los niños en las escuelas, los adultos en el trabajo y las personas mayores en espacios destinados exclusivamente a ellas.
Necesitamos repensar este modelo y, sobre todo, prepararnos para una sociedad más longeva. Esto implica impulsar programas de formación y reconversión laboral a lo largo de toda la vida, fortalecer la educación financiera y generar herramientas que permitan enfrentar los desafíos emocionales y sociales del envejecimiento.
Pero ninguna institución puede abordar este desafío por sí sola. El camino es fortalecer alianzas entre el Estado, empresas, instituciones educativas y organizaciones sociales para desarrollar iniciativas concretas. También debemos aprovechar la infraestructura y los espacios comunitarios que ya existen, abrirlos al encuentro entre generaciones y promover redes de apoyo que fortalezcan los vínculos sociales.