La académica UCT Ana María Salinas ha trabajado con cerca de 400 integrantes de comunidades educativas en la detección de señales de alerta y prevención del suicidio adolescente.
La salud mental adolescente enfrenta un escenario que exige reforzar la capacidad de detección y respuesta de las comunidades educativas. En Chile, el Ministerio de Salud registró 1.927 defunciones por suicidio durante 2025, y durante 2026 reporta un aumento en atenciones de urgencia por lesiones autoinfligidas. En este contexto, fortalecer las herramientas de quienes acompañan diariamente a niños, niñas y adolescentes adquiere especial relevancia.
En La Araucanía, la académica Ana María Salinas, jefa de carrera de Psicología de la Universidad Católica de Temuco y especialista en conducta suicida adolescente, trabaja con 26 colegios de la Red de Establecimientos Católicos, en prevención y acompañamiento.
La iniciativa, que ha alcanzado a cerca de 400 personas, surgió a partir de un contacto con el área de Educación del Obispado de Temuco y comenzó con directores y equipos de convivencia escolar. Posteriormente, los establecimientos solicitaron intervenciones más focalizadas, según sus necesidades.
Un desafío que trasciende las aulas
Salinas identifica la ansiedad, depresión, soledad y aislamiento entre las principales preocupaciones de las comunidades educativas. A estos desafíos añade la influencia de las redes sociales en la construcción de identidad y las dificultades familiares para dar apoyo emocional. “Hoy en día estamos en una dinámica donde la prevención es clave y hay que capacitar a todo el colegio”, afirma, y advierte que el contexto exige una respuesta que va más allá de las capacidades habituales de los equipos de convivencia educativa.
Según el informe SITAN 2025 de UNICEF, elaborado con datos del Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS), durante 2024 Chile registró 81 suicidios entre adolescentes de 15 a 19 años, equivalente a una tasa de 6,6 por cada 100 mil habitantes de ese grupo etario. En La Araucanía, la cifra alcanzó cinco casos, con una tasa de 7,2, superior al promedio nacional.
Reconocer señales antes de la crisis
Para Salinas, uno de los principales desafíos es reconocer señales de sufrimiento emocional en la población infantojuvenil, como cambios de comportamiento, aislamiento, pérdida de interés, alteraciones del sueño o la alimentación y menor autocuidado. Aunque estas manifestaciones no implican necesariamente un riesgo suicida, pueden abrir oportunidades para el diálogo y el acompañamiento oportuno.
La preocupación aumenta ante expresiones relacionadas con no querer vivir, desaparecer, sentirse una carga o no encontrar un proyecto de vida. “Hay que estar atento a los cambios, a las señales directas e indirectas”, advierte Salinas. Frente a estas situaciones, recomienda escuchar sin juzgar, utilizando expresiones como “cuéntame más” o “gracias por confiar en mí”, que favorecen el diálogo y permiten que el adolescente comparta lo que está viviendo. Luego, resulta fundamental brindar acompañamiento y facilitar el acceso a las redes de apoyo correspondientes.
Hablar también es una herramienta de cuidado
Salinas advierte que la conducta suicida no siempre está asociada a una depresión, pues también puede manifestarse en situaciones de crisis o estrés intenso. “Es prevenible, pero no predecible”, enfatiza, y releva la importancia de preparar a las comunidades educativas para brindar una primera respuesta y facilitar el acceso a apoyo especializado. En esa línea, aclara que hablar sobre suicidio no aumenta por sí mismo el riesgo, sino que puede abrir espacios de diálogo y favorecer la búsqueda de ayuda.
En el marco del Mes de la Salud Mental, Salinas enfatiza la importancia de “no minimizar” estas situaciones y promover espacios donde la población infantojuvenil pueda expresar sus emociones, pedir ayuda y encontrar adultos dispuestos a escuchar sin juzgar.