En el Mes de la Salud Mental, María Teresa Salamanca, especialista en tendencias y comportamiento del consumidor, analiza cómo el costo de la vida, el empleo y la hiperconexión están cambiando las prioridades de una generación.
Estudiaron, se prepararon y crecieron esperando que esa formación les abriera mejores oportunidades. Sin embargo, muchos millennials, nacidos entre 1981 y 1996, hoy enfrentan ingresos ajustados, incertidumbre laboral y jornadas que continúan a través del teléfono. En octubre, cuando se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, esa realidad invita a mirar no solo cómo trabajan, sino también qué necesitan para sentirse mejor.
Según el Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales (OCEC-UDP), en junio-agosto de 2026 había 356.286 personas desempleadas con educación superior completa en Chile. Además, más de 1,5 millones de ocupados con ese nivel educativo trabajaban por debajo de sus calificaciones. Aunque los datos comprenden distintas edades, muestran las dificultades que enfrentan numerosos profesionales.
“Es una generación que estudió y se preparó, pero no siempre ha encontrado la estabilidad que esperaba. Cuando el dinero rinde menos, también cambia la forma de elegir qué vale la pena comprar”, sostiene Salamanca.
Conexión permanente que agota
A la presión financiera se suma la dificultad de desconectarse. Los mensajes laborales de WhatsApp fuera de horario y los correos que llegan a toda hora pueden borrar la frontera entre el trabajo y el descanso. A ello se agrega una dimensión menos visible: según el Termómetro de la Salud Mental Achs-UC de 2025, el 26,6% de las personas entre 30 y 39 años declara sentirse sola, la mayor proporción entre los grupos etarios estudiados.
“Podemos estar conectados todo el día y, aún así, sentir que nos falta tiempo para nosotros y para quienes queremos. Por eso descansar, compartir y poner límites comienza a tener otro valor”, explica la especialista.
Para María Teresa Salamanca, detrás de esta tendencia también existe un cambio cultural. “Durante años se nos enseñó que estar ocupados era sinónimo de éxito y que aprovechar el tiempo significaba producir más. Hoy los millennials están comenzando a cuestionar esa idea. Quieren avanzar profesionalmente, por supuesto, pero también tener tiempo para sus familias, sus amigos y para ellos mismos. Y eso está cambiando incluso lo que entienden por una buena calidad de vida”, sostiene.
De esta manera, la búsqueda de bienestar adquiere un significado que va más allá de comprar productos o contratar servicios. Desde la actividad física hasta una escapada breve o una tarde sin notificaciones; hoy se valoran experiencias que permitan recuperar tiempo y energía, aunque el presupuesto sea limitado.
Una oportunidad para las marcas
Este cambio plantea desafíos para el turismo, el deporte, la alimentación y los servicios de descanso. Ya no basta con ofrecer experiencias atractivas, también deben ser pertinentes y accesibles para quienes administran sus gastos con cuidado.
“Hay algo alentador en esta tendencia. Los millennials están cuestionando la idea de que vivir mejor siempre significa tener más. Dar valor al tiempo, cuidar los vínculos y permitirse descansar también son decisiones importantes. Las marcas que comprendan esa necesidad podrán conectar desde un lugar más cercano y realista”, concluye Salamanca.