Un ensayo clínico con 889 pacientes encontró que el 80,3% de quienes participaron en un programa estructurado de actividad física permaneció libre de enfermedad a cinco años, frente al 73,9% del grupo de control. Especialistas explican cómo el ejercicio puede influir en el sistema inmunológico, reducir la inflamación y mejorar la recuperación física y cognitiva durante los tratamientos contra el cáncer.
La actividad física está adquiriendo un papel cada vez más importante en la prevención y el tratamiento integral del cáncer. Un ensayo clínico publicado en The New England Journal of Medicine en 2025 demostró que pacientes con cáncer de colon que participaron en un programa de ejercicio durante tres años, después de completar su quimioterapia, lograron mejores resultados de supervivencia y presentaron un menor riesgo de recurrencia de la enfermedad.
La investigación, denominada CHALLENGE, incluyó a 889 pacientes y mostró que la supervivencia libre de enfermedad a cinco años alcanzó un 80,3% entre quienes siguieron un programa estructurado de ejercicio, frente al 73,9% del grupo de control. Además, la supervivencia global a ocho años fue de 90,3% y 83,2%, respectivamente. Los resultados adquieren relevancia en Chile, donde el Ministerio de Salud estimó 63.274 nuevos casos de cáncer para 2025, enfermedad que representa aproximadamente el 26% de las defunciones nacionales.
Pero ¿qué ocurre en el organismo cuando hacemos ejercicio y por qué una actividad habitualmente asociada al bienestar cardiovascular y muscular podría también influir en la evolución del cáncer?
El Dr. Robinson Montejo, médico especialista en Medicina del Deporte y la Actividad Física de la Clínica de Recuperación de Lesiones (CRL), explica que los beneficios responden a distintos procesos que ocurren simultáneamente en el organismo.
“Lo primero es aclarar que probablemente no existe un único mecanismo. El ejercicio produce una serie de cambios metabólicos, inmunológicos, cardiovasculares y hormonales que, actuando en conjunto, podrían generar un ambiente menos favorable para el crecimiento tumoral”, señala.
Uno de estos mecanismos está relacionado con el sistema inmunológico. Durante la actividad física aumenta transitoriamente la circulación de determinadas células de defensa, entre ellas las llamadas Natural Killer (NK) y algunos linfocitos T, que participan en el reconocimiento y eliminación de células anormales. Asimismo, los músculos liberan sustancias conocidas como mioquinas, que intervienen en la regulación del metabolismo y de la respuesta inmunológica. Aunque estos mecanismos cuentan con respaldo experimental, todavía se investiga cuánto contribuye cada uno a la disminución de recaídas.
A ello se suma la capacidad del ejercicio regular para disminuir la inflamación crónica de bajo grado y mejorar la sensibilidad a la insulina, procesos relacionados con el desarrollo y progresión de determinados tumores.
“Por eso decimos que el ejercicio modifica el ‘terreno’ biológico en el cual se desarrolla la enfermedad. No significa que reducir la insulina o la inflamación cure un cáncer, sino que son algunas de las vías por las cuales una vida físicamente activa puede asociarse con menor riesgo y, en determinados tumores, con mejor pronóstico”, explica Montejo.
Los beneficios también se observan durante la recuperación. Una investigación presentada en enero de 2026 por la Sociedad Estadounidense de Oncología Clínica (ASCO), que analizó a 1.718 pacientes con cáncer colorrectal, encontró que una mayor actividad física, especialmente caminar, se asociaba con menor fatiga y mejor calidad de vida en pacientes cuya enfermedad no se había extendido a otros órganos.
El especialista explica que caminar mejora progresivamente la capacidad cardiovascular y muscular, ayudando a contrarrestar el círculo de cansancio, pérdida de condición física e inactividad que pueden experimentar los pacientes oncológicos. Asimismo, investigaciones en mujeres con cáncer de mama sugieren que mantenerse físicamente activas antes y durante la quimioterapia puede contribuir a preservar funciones cognitivas como la memoria y la concentración, aunque no elimina necesariamente estos efectos del tratamiento.
Frente a estos antecedentes, ¿qué tipo de ejercicio resulta más beneficioso? Montejo señala que caminar, realizar actividad cardiovascular y fortalecer los músculos aportan beneficios complementarios. Mientras el ejercicio aeróbico ayuda a reducir la fatiga, el entrenamiento de fuerza permite preservar la masa muscular, la capacidad funcional y la autonomía.
Si bien las recomendaciones generales para adultos consideran al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada, en pacientes oncológicos la frecuencia, intensidad y duración deben adaptarse al estado físico, los tratamientos y las posibles complicaciones, siempre en coordinación con el equipo médico.
“Hoy el ejercicio debe entenderse como parte del tratamiento integral del paciente oncológico, no solamente como una recomendación de estilo de vida; pero debe ser prescrito y adaptado a la condición clínica de cada persona”, sostiene Montejo.
El especialista enfatiza que la actividad física no reemplaza la cirugía, la quimioterapia ni la radioterapia. Su importancia radica en complementar estos tratamientos, favorecer la recuperación y contribuir a una mejor calidad de vida.