Cada minuto cuenta frente a un accidente cerebrovascular (ACV). Esta no es una frase hecha, sino es una realidad clínica. Mientras más tiempo transcurre sin tratamiento, mayor es el daño cerebral y menores las posibilidades de recuperación. Sin embargo, en Chile, todavía hay pacientes que, pese a llegar a un servicio de urgencia dentro de la ventana terapéutica, no reciben trombólisis ¿La razón?, no siempre es clínica. A veces, simplemente, no hay un médico habilitado para administrarla.
La trombólisis es una herramienta fundamental para tratar determinados ACV isquémicos. Su indicación requiere una evaluación rigurosa, la exclusión de contraindicaciones y una decisión médica oportuna. El problema es que las actuales disposiciones reservan este procedimiento casi exclusivamente a neurólogos, una especialidad cuya disponibilidad no está garantizada en todos los hospitales ni en todas las regiones del país.
Entonces, ¿Podemos permitir que el acceso a un tratamiento que puede cambiar radicalmente el pronóstico de una persona dependa de la presencia de un especialista que no siempre está disponible? La pregunta es incómoda, pero necesaria.
Los médicos urgenciólogos somos los especialistas que recibimos, evaluamos y estabilizamos a estos pacientes. Contamos con formación en el manejo inicial de patologías tiempo-dependientes y estamos presentes en los servicios de urgencia a lo largo de Chile. Por eso, abrir una discusión sobre nuestra formación específica y eventual habilitación para administrar trombólisis no es una disputa de competencias, sino más bien, es una conversación sobre acceso, oportunidad y equidad en salud.
Por supuesto, no se trata de flexibilizar criterios clínicos ni de disminuir estándares de seguridad. Se trata de evaluar, con evidencia, protocolos claros, capacitación certificada y mecanismos de supervisión, si podemos ampliar la capacidad de respuesta de nuestro sistema. Una propuesta de esta naturaleza requiere análisis técnico, diálogo entre especialidades y una implementación responsable, considerando las particularidades de cada centro asistencial.
Este 29 de octubre se conmemora un nuevo Día Mundial del ACV, esto nos debe servir para mirar más allá de las campañas de reconocimiento de síntomas. Identificar un ACV a tiempo es fundamental, pero de poco sirve llegar oportunamente a un hospital si el sistema no está preparado para ofrecer el tratamiento indicado.
La geografía, la disponibilidad de especialistas o las restricciones administrativas no deberían convertirse en barreras que determinen quién tiene una oportunidad de recuperación y quién no. Porque, frente a un ACV, el tiempo no espera y el cerebro tampoco.