Cuando una traducción parece natural, es fácil olvidar las decisiones que la hicieron posible. Algo similar ocurre con la inteligencia artificial: la fluidez de sus resultados puede hacernos perder de vista el trabajo humano que interviene en ellos. Esa aparente facilidad podría influir en cómo valoramos la traducción, como si bastara con obtener un texto comprensible para dar por resuelta la tarea.
Por eso, incorporar estas herramientas exige preguntarnos qué lugar conserva nuestro criterio profesional cuando la rapidez se vuelve una prioridad. Para que su uso fortalezca nuestro trabajo, necesitamos conservar el control de las decisiones y exigir condiciones laborales que reconozcan el aporte cultural. Esa tensión entre lo que vemos y el trabajo que hay detrás también atraviesa al cine. Las controversias por los ajustes vocales mediante IA en The Brutalist y Emilia Pérez, durante la temporada de los Óscar de 2025, mostraron que una actuación convincente no despeja las preguntas sobre cómo fue construida. Y estas discusiones trascienden la pantalla: al igual que ocurrió con la expansión de MeToo, la visibilidad de Hollywood puede amplificar cuestionamientos laborales que alcanzan a otras industrias.
En ese escenario aparece Tilly Norwood, un personaje generado mediante IA y promocionado como actriz. Mientras SAG-AFTRA cuestiona esa denominación por equiparar una creación tecnológica con intérpretes humanos, entrevistas como la de CBS News emplean she/her para referirse a Norwood. La elección parece cotidiana, pero contribuye a instalar una presencia: alguien que habla, trabaja y tiene una carrera por delante.
Desde la traducción, sabemos que esas elecciones importan. Usar it, pronombre neutro inglés, destacaría su condición tecnológica, aunque tampoco podemos olvidar que los personajes ficticios reciben pronombres personales. El problema aparece cuando esa personificación desdibuja a quienes están detrás. Si hablamos de lo que Tilly quiere o decide, las empresas que diseñan y comercializan el personaje pueden quedar fuera de la conversación.
Ese desplazamiento también merece atención cuando escuchamos que la inteligencia artificial podría destruir a la humanidad. En 2023, investigadores y directivos tecnológicos advirtieron sobre riesgos de extinción en una declaración del Centro para la Seguridad de la IA. Tomar esas advertencias en serio exige preguntarnos quién desarrolla los sistemas y decide sus usos.
Atribuirle voluntad a una herramienta puede hacernos olvidar que las decisiones sobre nuestro trabajo siguen teniendo responsables humanos. Nombrarlos también forma parte de comprender lo que está en juego.