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La Toma de Lima: dos momentos cruciales en la historia chileno-peruana. Por José Pedro Hernández Académico de Historia de la Escuela de Pedagogía en Educación Básica Universidad de Las Américas

Este sábado 30 de mayo, el campo deportivo Refinería Concón será escenario de una nueva jornada abierta a la comunidad, que pondrá en valor la historia de la Hacienda Concón Bajo, fue hospital de campaña durante la Guerra Civil de 1891, y el patrimonio arqueológico del sector.

La ciudad de Lima ha sido testigo silencioso de dos episodios bélicos que marcaron a fuego la historia de Chile y Perú: la toma de la capital peruana por parte de tropas chilenas en 1838 y la ocupación durante la Guerra del Pacífico (1879-1884). Si bien ambas situaciones comparten la ubicación geográfica y el carácter militar, sus contextos, desarrollo y consecuencias difieren notablemente, delineando dos momentos cruciales en la compleja relación entre ambos países.

En el contexto de la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, la toma de Lima del 21 de agosto de 1838, tras el combate de Portada de Guías, se alza como un episodio a menudo relegado en los libros de historia. Sin embargo, su importancia radica en las valiosas lecciones que ofrece sobre la complejidad de las relaciones internacionales y la fragilidad de las alianzas.

Lejos de ser un fin en sí mismo, el triunfo militar chileno marcó el inicio de una tensa convivencia. La resistencia a la ocupación, las pugnas internas en el bando nuestro país y la propia debilidad de la Confederación, fueron factores determinantes para la retirada definitiva de las fuerzas chilenas meses después.

El general chileno Manuel Bulnes, consciente de la volatilidad del escenario político, priorizó la estrategia militar sobre la ocupación. En lugar de enfrascarse en las disputas internas peruanas, se enfocó en debilitar al ejército de Santa Cruz, líder de la Confederación, mediante maniobras de hostigamiento y una marcha conjunta hacia el norte del Perú.

La Toma de Lima en 1838, más que una victoria definitiva, fue un capítulo dentro de un conflicto mayor que culminaría con la disolución de la Confederación en 1839, debido a la presión militar chilena y a la crisis interna que la aquejaba. La retirada de Chile, sin grandes saqueos ni afán de gobierno, marcó el fin de la guerra y el inicio de una nueva etapa en la región.

A diferencia de la efímera ocupación de 1838, la Toma de Lima durante la Guerra del Pacífico, en 1881, se caracterizó por una ocupación prolongada y la apropiación de bienes culturales peruanos por parte del ejército chileno, un hecho que aún genera controversia entre historiadores de ambos países.

Si bien la apropiación de bienes durante las guerras era una práctica común en el siglo XIX, la sustracción de libros de la Biblioteca Nacional del Perú, así como de obras de arte, monumentos y hasta trenes, ha sido objeto de debate. Mientras algunos historiadores chilenos lo califican como «botín de guerra», justificado por el derecho internacional de la época, otros, incluyendo voces peruanas, lo consideran un «saqueo» que contravenía los acuerdos internacionales.

La figura de Patricio Lynch, comandante en jefe del ejército chileno durante la ocupación, es clave en este contexto. Si bien se le atribuye la organización de la apropiación de bienes como una forma de «contribución de guerra» para financiar la ocupación, también se le reconoce haber detenido la sustracción indiscriminada que se estaba llevando a cabo.

La devolución de miles de libros a la Biblioteca Nacional del Perú en 2007 y 2017 por parte del gobierno chileno, evidencia la complejidad del tema y la voluntad de ambos países por avanzar hacia una reconciliación histórica.

La Toma de Lima en 1838 y 1881 representan dos momentos cruciales en la historia chileno-peruana. Mientras la primera, breve y sin mayores consecuencias materiales, contribuyó al fin de la Confederación Perú-Boliviana, la segunda, prolongada y marcada por la apropiación de bienes, dejó una herida profunda en la relación bilateral, cuyas cicatrices aún se perciben en el presente.

Es tarea de las nuevas generaciones analizar estos episodios con una mirada crítica y constructiva, promoviendo el diálogo y la comprensión mutua. La historia, como espejo del pasado, nos invita a construir un futuro donde la integración regional y el bienestar común sean los verdaderos triunfos para celebrar.

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