Por Dr. Fernando Venegas Espinoza, responsable Proyecto Fondecyt N° 1230837
En la caleta de Selkirk, los pescadores enfrentan cada día los desafíos del aislamiento. Una lucha contra las marejadas revela una necesidad urgente: construir un muelle que garantice su seguridad y dignidad.
Jueves 2 de enero, 7 AM. Suena la campana. El cielo despejado promete una jornada radiante, mientras el oleaje golpea con fuerza la rada colonial de Selkirk. Las condiciones del tiempo son óptimas para salir a pescar langostas, pero en el embarcadero, un contratiempo retrasa el inicio de la faena. El Elyon 167, el bote de Sandro González, quien trabaja junto a su padre Claudio, que tiene 81 años, enfrenta una lucha inesperada: las marejadas levantaron un peñasco que bloqueó inesperadamente la salida. Con la marea baja, la embarcación se escoró y quedó atrapada. La resaca comenzó a inundarla rápidamente.
La comunidad no tarda en reaccionar. Todos los hombres de la caleta se reúnen en torno a una gran cuerda atada a babor. Sus gritos se funden en un esfuerzo colectivo, mientras tiran con todas sus fuerzas hacia la orilla. Cada segundo es crucial. Finalmente, logran colocar el bote a la altura del huinche. Lo enganchan, lo sacan del alcance del oleaje y comienzan a extraer el agua de la embarcación con lo que tienen a mano. Al final logran estabilizarlo.
“A cualquiera le puede pasar”, comentan. Y es cierto: El Elyon fue primero en salir esa mañana. Y al primero que saliera le iba a pasar. Si no hubiera ocurrido ahí mismo, a pocos metros de la orilla, el desenlace podría haber sido lamentable, quizá la pérdida del bote. Pero lo sucedido pone en evidencia una verdad ineludible: las condiciones laborales de los pescadores de Selkirk son peligrosas y precarias.
Una necesidad impostergable
Si la caleta fuera desafectada del Parque Nacional, como han solicitado insistentemente durante años, podrían acceder a los recursos necesarios para construir un muelle. Esta infraestructura no solo brindaría mayor seguridad en sus labores diarias, sino que también optimizaría el envío y recepción de carga, mejorando su calidad de vida.
En la Isla Robinson Crusoe, la empresa TRANSMARCO entrega la carga directamente en el muelle, permitiendo a los habitantes recoger sus mercaderías con facilidad. En contraste, en Selkirk, cada vez que llega el barco, la caleta debe detener por completo sus faenas pesqueras, lo que significa perder días valiosos de trabajo.
De hecho, los pescadores, organizados de manera ejemplar, deben destinar hasta cuatro o cinco días al mes para desplazarse al barco, recoger los suministros provenientes del continente o de Robinson, y cargar los productos que envían a esos destinos.
Más que una comunidad olvidada
A pesar de ser apenas 80 personas a 900 kilómetros de la costa, los habitantes de Selkirk son parte esencial del territorio chileno. Su esfuerzo no debe medirse por su peso electoral, sino por su humanidad e importancia estratégica en el Océano Pacífico. La isla no solo alberga una biodiversidad marina y botánica invaluable, sino que también es un recordatorio de que el desarrollo debe incluir a todos, incluso a los que están lejos del centro político.
El llamado a la acción
Lo ocurrido en el embarcadero de Selkirk no es un incidente aislado, sino una señal de alerta. La construcción de un muelle no es un lujo, sino una necesidad urgente. El Estado debe ir más allá de lo mínimo. Garantizar infraestructura adecuada no solo protegerá a los pescadores, sino que también fortalecerá su rol en la conservación de un territorio único. Selkirk merece mucho más que el abandono; merece un compromiso real con su gente y su futuro.
Caleta Alejandro Selkirk en labores de desembarco. Al fondo, el Nazareno de la empresa TRANSMARCO, hasta donde deben concurrir los botes para desembarcar desde mercaderías hasta materiales de construcción.

(Foto portada) Otra panorámica de la rada de Selkirk mientras “El Más Afuerino” hace labores de carga y descarga.