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Por qué la taxonomía verde debe traducirse en acción real. Por Suzanne Wylie, Directora Ejecutiva de Fundación Reforestemos

El programa de reciclaje orgánico desarrollado en Concón, con financiamiento de Enap y la participación de establecimientos gastronómicos y hoteleros…

Los equipos intervinieron el sector adyacente a la planta y al emisario, sumándose a una jornada territorial que permitió retirar más de una tonelada de residuos en la bahía de Quintero y Puchuncaví.

Con la reciente creación de la Taxonomía Medioambientalmente Sostenible (T-MAS), nuestro país comienza a ordenar, con criterios objetivos y verificables, qué actividades económicas pueden considerarse realmente sostenibles. El debate cobra aún más relevancia ante la posibilidad de que el Ministerio de Hacienda evalúe hacer obligatoria su aplicación, lo que convertiría este marco de referencia en una herramienta con verdadero poder de cambio. Es una buena noticia: por fin contaremos con un lenguaje común para definir qué es realmente sostenible y qué no lo es, evitando que el compromiso ambiental se quede solo en palabras.

Sin embargo, el verdadero desafío empieza ahora. Porque una taxonomía verde no restaura los ecosistemas degradados. Puede orientar, estandarizar y transparentar, pero su poder solo se materializa cuando se traduce en acción concreta: cuando las empresas invierten en sostenibilidad, cuando el sistema financiero apuesta por proyectos que regeneran territorios y cuando el Estado integra esta lógica en su planificación pública.

En Fundación Reforestemos lo vemos a diario: las decisiones que se toman en una oficina pueden tener efectos duraderos en un bosque, en un barrio y en una comunidad. La sostenibilidad no se mide solo en informes, sino en árboles plantados, suelos recuperados, agua retenida y biodiversidad que vuelve a florecer.

Por eso, la T-MAS es una oportunidad, pero también una prueba. Una oportunidad de alinear el financiamiento y la inversión con la restauración de nuestros ecosistemas y una prueba de si estamos dispuestos a dar ese paso como sociedad.

La buena noticia es que contamos con una base sólida: una ciudadanía activa, empresas comprometidas y una institucionalidad que comienza a hablar el mismo idioma ambiental. Pero el verdadero éxito de la taxonomía verde dependerá de nuestra capacidad para traducir ese lenguaje en acciones concretas que transformen el territorio y generen impacto real, haciendo de la sostenibilidad una práctica y un eje troncal en las estrategias del sector privado.

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