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“El computador no me quiere”: los peligros de humanizar y depender de la tecnología de la casa. Por René Nicolás Núñez, psicólogo clínico y académico en UNAB

Muchos hogares chilenos tienen un «integrante» nuevo en la familia: un robot, un programa o una inteligencia artificial que colabora en las tareas domésticas. Elementos como el robot de cocina o la aspiradora robot son cada vez más parte del paisaje cotidiano. Esta tecnología ofrece un respiro necesario frente a la sobrecarga moderna, en donde intentar equilibrar la crianza, el trabajo, el autocuidado y la vida social puede resultar agotador.

Vivimos en la era de la hiperconectividad, bombardeados por correos, mensajes de WhatsApp y constantes llamados de televenta o cobranza. En este escenario, delegar funciones en las máquinas libera un espacio valioso que ofrece oportunidades para nuestra salud y bienestar.

Los datos lo confirman: en 2024 se vendieron 20 millones de robots de servicio a nivel global, y en Chile, la compra de tecnología para limpieza y automatización subió un 300% en los últimos años. Nuestra sociedad está cambiando.
Pero algo más puede estar pasando desapercibido en ese cambio. Esta convivencia puede estar, silenciosamente transformando nuestra realidad local y nuestra psique.

Al entregarle tareas a una máquina, ganamos tiempo, pero corremos el riesgo de perder el contacto con prácticas que, aunque parezcan tediosas, son clave para nuestro desarrollo y autonomía. Ciertas habilidades básicas para interactuar con el mundo físico podrían «atrofiarse» por falta de uso.

Por ejemplo, hoy casi todos navegamos la ciudad usando GPS. Perder la práctica de explorar nuestro entorno de forma autónoma puede debilitar nuestro sentido de orientación. Del mismo modo, confiar exclusivamente en una aplicación para encontrar pareja puede afectar nuestra capacidad de conectar con otros de forma espontánea y genuina. No es lo mismo usar un robot para limpiar la casa que usarlo como un sustituto emocional o mental.

Este fenómeno se agrava cuando empezamos a «humanizar» los aparatos. Quizá habrá escuchado a alguien decir que su auto «se le enfermó», que el televisor «anda tincao» o que el computador «no lo quiere». Al tratar a un objeto como un ser vivo, corremos el riesgo de reemplazar el contacto humano real, por la interacción con un algoritmo.

Pero a pesar de estos riesgos, la ventaja operativa es indiscutible. Al delegar la logística doméstica a sistemas que no sufren desgaste, recuperamos el hogar como un espacio de descanso. Ese tiempo rescatado puede reinvertirse en lo que realmente importa: fortalecer vínculos familiares y comunitarios, que son los pilares de nuestra salud y bienestar. Si tu cerebro no está preocupado de aspirar el piso, o de terminar de cocinar, puede encontrar espacio para el descanso, la conexión social, la creatividad y la recreación.

En definitiva, la tecnología debe ser un medio para volver a habitar nuestra propia vida, y no un fin en sí mismo. El desafío no es resistir la innovación o la eficiencia, sino integrarla sin renunciar a los procesos, cualidades y destrezas que nos hacen fundamentalmente humanos.

 

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