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Maltrato animal y desconexión con el entorno natural. Por Nicolás Escobar, Director Carrera de Medicina Veterinaria, UDLA Sede Viña del Mar

Se modernizaronsus 1.150 m², incorporando una nueva distribución de las áreas de entrenamiento, salas completamente renovadas, espacios de cowork y una infraestructura que eleva el estándar deportivo de la Región de Valparaíso.

Mesas y sillas plegables, bolsos para picnic, cocinillas y carpas forman parte de la propuesta de la marca, que también cuenta con un showroom en Quilpué para conocer sus productos de cerca.

La división de la estatal licitó un contrato a ocho años que reemplazó la totalidad de sus vehículos diésel por unidades cero emisiones, adelantándose a las metas corporativas de la cuprífera al 2030.

En los últimos días hemos visto hechos que generan indignación, profunda tristeza y que deberían obligarnos a repensar colectivamente la relación que mantenemos con el medio ambiente, la vida silvestre y los animales. Estos episodios instalan una pregunta incómoda, pero urgente: ¿qué tan profunda es realmente nuestra conciencia ambiental como sociedad? A la luz de lo ocurrido, la respuesta no es alentadora.

Dos polluelos de gaviota arrojados desde una azotea como si su vida careciera de valor, crías de aves costeras atropelladas en playas transformadas ilegalmente en pista vehicular; un tiburón extraído del mar para sacarse fotos, convertido en objeto de diversión hasta morir; un perro lanzado vivo a la basura en una bolsa luego de ser atacado por otros canes.

No se trata de episodios aislados ni de hechos asociados al periodo estival. Son expresiones claras de la normalización del maltrato animal y de una profunda desconexión con el entorno natural.

Estas escenas se repiten sin una comprensión real de que la fauna silvestre es un recurso finito y vulnerable. Se olvida o se ignora deliberadamente el rol ecológico fundamental que cumple cada especie, así como que el interrumpir un ciclo de vida altera equilibrios frágiles y complejos. Cada acto de violencia hacia un animal dice mucho más de nuestra sociedad que de la naturaleza misma.

Las problemáticas que estos hechos evidencian no son únicamente de carácter legal, aunque las sanciones sean necesarias y urgentes. El problema es, ante todo, cultural.

A pesar de los avances en discursos, campañas y normativas que promueven una convivencia respetuosa con el medio ambiente y los animales, seguimos fallando en lo esencial: comprender que el respeto por estas vidas es intransable.

Nuestro país es privilegiado en biodiversidad, especialmente en sus ecosistemas costeros. Sin embargo, esta riqueza contrasta de manera alarmante con prácticas reiteradas de intervención irresponsable. Año tras año se repiten los mismos patrones: fauna estresada, nidos destruidos, animales tratados como parte del paisaje y no como seres vivos.

El costo de esta indiferencia no es inocuo, las poblaciones disminuyen, los ecosistemas se degradan y se pierde progresivamente la sensibilidad colectiva frente al valor de la vida. La responsabilidad social debe estar presente de manera permanente en la forma en que entendemos nuestro lugar en el mundo.

El desafío es claro y no admite postergaciones. Se necesita educación ambiental real, coherente y sostenida en el tiempo, fiscalizaciones más efectivas y, sobre todo, una reflexión honesta como comunidad. ¿Estamos dispuestos, de una vez por todas, a hacernos cargo de esta realidad?

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