La directora de ECA3, Giovanna Amaya, releva el rol estratégico de la educación ambiental y de las universidades en la formación de ciudadanos críticos, resilientes y comprometidos con la sostenibilidad y la justicia socioambiental.
La educación ambiental cumple hoy un rol estratégico en la formación de ciudadanos capaces de comprender y enfrentar los desafíos socioambientales y climáticos que ya forman parte de la vida cotidiana. Así lo plantea Giovanna Amaya, directora de la Escuela de Ciencias Agroalimentarias, Animales y Ambientales (ECA3) de la Universidad de O’Higgins (UOH), quien subraya que educar ambientalmente va mucho más allá de la transmisión de contenidos teóricos.
Desde su experiencia, Amaya enfatiza que la educación ambiental implica aprender a vivir en el territorio que habitamos, adaptarnos y desarrollar resiliencia frente a escenarios cada vez más complejos, pues “hoy enfrentamos problemáticas que ya no son futuras, como la escasez hídrica, la calidad del aire o los eventos climáticos extremos, y la educación ambiental nos permite comprender qué está ocurriendo y por qué”.
En ese contexto, la directora de ECA3 destaca que la educación ambiental entrega herramientas para la toma de decisiones informadas, tanto a nivel individual como colectivo. A su juicio, este enfoque contribuye a formar ciudadanos críticos y conscientes del impacto de sus acciones, promoviendo una cultura de responsabilidad, empatía y prevención frente a los problemas socioambientales.
Respecto al rol de las universidades y centros de investigación, Amaya sostiene que estas instituciones no pueden mantenerse ajenas a la realidad de los territorios, ya que “la educación ambiental se fortalece cuando sale del aula y se conecta con las comunidades, los municipios, las organizaciones sociales y los servicios públicos”.
Asimismo, la directora ECA3 resaltó el valor formativo que tiene para las y los estudiantes participar en iniciativas en terreno, vinculadas a investigación aplicada y proyectos de vinculación con el medio. Según explicó, este tipo de experiencias permite poner en práctica los aprendizajes, otorgarles sentido y, al mismo tiempo, facilitar que el conocimiento científico aporte a la construcción de políticas públicas con mayor pertinencia territorial.
Finalmente, Amaya subraya que avanzar hacia modelos de desarrollo más sostenibles requiere fortalecer competencias clave en la formación estudiantil, como el pensamiento crítico, la alfabetización climática, el trabajo interdisciplinario y la capacidad de comunicar conocimientos a la comunidad, pues “todo ello debe ir acompañado de una ética ambiental sólida, que reconozca que los impactos no afectan a todos por igual y que la sostenibilidad también es una cuestión de justicia social”.