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Abrir camino: juventudes que transforman su historia al ingresar a la educación superior. Por Paula Leiva Directora Escuela de Trabajo Social Universidad de Las Américas

Este sábado 30 de mayo, el campo deportivo Refinería Concón será escenario de una nueva jornada abierta a la comunidad, que pondrá en valor la historia de la Hacienda Concón Bajo, fue hospital de campaña durante la Guerra Civil de 1891, y el patrimonio arqueológico del sector.

En las aulas de nuestras universidades se despliega, cada año, una escena silenciosa pero profundamente transformadora: jóvenes que, por primera vez en la historia de sus familias, cruzan el umbral de la educación superior. No se trata solo de estudiantes, son portadores de trayectorias familiares marcadas por el esfuerzo, la postergación y, muchas veces, por oportunidades que no estuvieron disponibles para generaciones anteriores.

Este fenómeno, lejos de ser marginal, constituye hoy una realidad significativa del sistema educativo chileno. De acuerdo con datos recientes del DEMRE (2025), cerca del 43% de quienes ingresan a la educación superior corresponden a estudiantes de primera generación, lo que evidencia tanto avances en el acceso como la persistencia de desafíos en términos de equidad y acompañamiento.

Desde la docencia, somos testigos privilegiados de ese momento fundacional. En sus relatos iniciales emergen con fuerza las expectativas de movilidad social, los sueños de ejercer una profesión y contribuir al bienestar de sus comunidades, pero también los temores: el miedo al fracaso, a no estar “a la altura”, a no comprender los códigos de un espacio históricamente distante. Estos jóvenes no solo ingresan a una carrera, se incorporan a un mundo que deben aprender a habitar, muchas veces sin referentes cercanos.

Sin embargo, este tránsito no es individual. La familia y la comunidad cumplen un rol decisivo como sostén y andamiaje. Son madres, padres, abuelos y redes comunitarias quienes, desde sus propias posibilidades, sostienen emocional y materialmente este proceso. En ellos se deposita una confianza profunda, pero también una responsabilidad simbólica: la de “abrir camino”, la de demostrar que es posible transformar las trayectorias vitales a través de la educación.

En el aula, esa responsabilidad se hace visible. Se expresa en la dedicación, en la perseverancia y en una ética del esfuerzo que interpela también a quienes enseñamos. Como docentes, no solo acompañamos procesos formativos: también conducimos proyectos de vida. Observamos cómo, progresivamente, estos estudiantes resignifican su lugar en el mundo, construyen identidad profesional y proyectan su acción hacia el desarrollo del país.

Desde el Trabajo Social, esta experiencia adquiere una densidad particular. Nos recuerda que las desigualdades estructurales no son meras categorías analíticas, sino condiciones concretas que atraviesan biografías. Pero también nos muestra que, allí donde existen oportunidades, emergen capacidades, talentos y compromisos profundamente transformadores.

Por ello, como sociedad, el desafío es ineludible: avanzar decididamente en la equidad del acceso, permanencia y egreso en la educación superior. El talento no es patrimonio de unos pocos, se distribuye de manera amplia en todos los territorios y sectores sociales. Lo que sí es desigual son las condiciones para desarrollarlo.

Garantizar que más jóvenes puedan no solo ingresar, sino también transitar y culminar exitosamente sus estudios, es una responsabilidad colectiva que incluye a la sociedad civil y al Estado como actores fundamentales para su concreción. En cada estudiante de primera generación no solo se juega una historia individual, sino también la posibilidad de construir un país más justo, inclusivo y con mayores niveles de cohesión social.

Estos jóvenes no solo estudian: inauguran futuros. Y en ese gesto, silencioso pero potente, se encuentra una de las transformaciones más significativas de nuestro tiempo.

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