El postparto suele representarse como una etapa de plenitud, marcada por el vínculo con el recién nacido y la consolidación de la maternidad.
Esa imagen, ampliamente instalada a nivel social y cultural, organiza expectativas y define qué vivencias encuentran validación. Sin embargo, cuando el malestar aparece, muchas veces se diluye en explicaciones rápidas como el cansancio o la adaptación, quedando sin nombre y sin abordaje oportuno.
En Chile, las cifras permiten dimensionar esta realidad. “Entre un 13,9% y un 24% de las mujeres presenta sintomatología depresiva durante el postparto. Se trata de una experiencia frecuente, pero que aún circula con baja visibilidad y escaso reconocimiento temprano, lo que retrasa su detección y acompañamiento”, explica Yanira Madariaga Baeza, académica de la carrera de Obstetricia de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar.
Señales que no deben normalizarse
Detectar la depresión postparto exige afinar la mirada más allá de lo esperable tras el nacimiento. Una de las señales más relevantes es la tristeza persistente, que se mantiene por semanas y no logra explicarse solo por el agotamiento físico. A ello se suma una sensación de desconexión emocional, tanto con el bebé como con el propio cuerpo.
“La maternidad no debiera vivirse desde el extrañamiento constante. Cuando una mujer siente que no logra habitar ese vínculo o que está funcionando en automático, es importante detenerse y observar qué está pasando”, detalla la académica UNAB.
Irritabilidad sostenida, agotamiento profundo, dificultades para dormir incluso cuando existe la oportunidad, pensamientos reiterativos y una autocrítica constante en torno a no sentirse suficiente también forman parte de este cuadro. “Muchas mujeres expresan culpa por no estar experimentando la felicidad que se espera de ellas, y eso profundiza el malestar”, agrega.
El peso de la experiencia de parto
Estas señales adquieren mayor densidad cuando se consideran ciertos factores asociados. La experiencia del parto ocupa un lugar central. Vivencias marcadas por el desborde, la falta de información o el trato deshumanizado pueden extender sus efectos más allá del nacimiento.
“Un parto vivido sin contención, sin participación en las decisiones o con vulneración de derechos deja huellas emocionales que inciden directamente en cómo se transita el posparto y en el inicio del vínculo con el recién nacido”, señala Madariaga.
A ello se suma la trayectoria emocional previa. La presencia de síntomas depresivos durante la gestación configura un continuo que puede proyectarse hacia el posparto si no existe una pesquisa y acompañamiento oportunos. “El embarazo y el posparto no son compartimentos estancos; lo que ocurre emocionalmente en uno influye en el otro”, enfatiza.
Desde una mirada crítica, la depresión postparto no puede comprenderse solo como una vivencia individual. Se produce en condiciones concretas, atravesadas por la sobrecarga de cuidados, la fragilidad de las redes de apoyo y las exigencias culturales que idealizan la maternidad.
“Esperamos que las mujeres maternen con recursos limitados, poco descanso y altos niveles de autoexigencia. En ese escenario, el malestar termina siendo leído como una falla personal y no como una señal de alerta”, indica la académica UNAB.
Reconocer estas señales abre una conversación necesaria sobre cómo se sostiene la maternidad en nuestra sociedad y qué lugar ocupa el cuidado. Nombrar el malestar es el primer paso para acompañarlo y dejar de exigir silencio donde se requiere escucha.