En Chile, las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte, según los datos epidemiológicos del DEIS del Ministerio de Salud. Infartos, accidentes cerebrovasculares e insuficiencia renal forman parte de un escenario sanitario que, lejos de disminuir, sigue tensionando al sistema de salud y afectando la calidad de vida de miles de personas. En este contexto, fortalecer la prevención y el control de enfermedades crónicas deja de ser solo una prioridad técnica para transformarse en una necesidad país.
En esa línea, el Fondo de Farmacia (FOFAR) se ha consolidado como una de las políticas públicas más relevantes dentro de la Atención Primaria de Salud. Su impacto no solo radica en garantizar el acceso gratuito y oportuno a medicamentos para patologías crónicas de alta prevalencia —como hipertensión arterial, diabetes mellitus tipo II y dislipidemias—, sino también en sostener tratamientos que permiten evitar complicaciones de mayor gravedad.
La relevancia de este programa adquiere aún más sentido en momentos donde el sistema sanitario enfrenta listas de espera crecientes, servicios de urgencia saturados y un aumento sostenido de enfermedades crónicas asociadas al envejecimiento y a estilos de vida poco saludables. Interrumpir tratamientos o dificultar el acceso a medicamentos no solo deteriora la salud de las personas; también incrementa hospitalizaciones evitables y eleva considerablemente el gasto público en niveles de mayor complejidad.
Sin embargo, el alcance de esta política muchas veces se reduce únicamente a la entrega de medicamentos. Y ahí existe un error importante. El programa también incorpora insumos médicos, mecanismos de respuesta frente a quiebres de stock, estrategias de adherencia terapéutica y fortalecimiento de equipos de salud, permitiendo una atención más integral y resolutiva en la APS.
En este escenario, el rol de los químicos farmacéuticos resulta clave. Su trabajo no se limita a la gestión técnica de las farmacias, sino que también participa activamente en el seguimiento farmacoterapéutico, la educación sobre uso racional de medicamentos y el acompañamiento de pacientes con enfermedades crónicas. Su presencia en Atención Primaria permite fortalecer la adherencia a tratamientos y prevenir descompensaciones que, muchas veces, terminan agravando cuadros clínicos perfectamente controlables.
Hoy, cuando la discusión pública suele concentrarse en cómo contener el gasto sanitario, resulta necesario comprender que debilitar programas preventivos como este puede terminar generando un costo mucho mayor para el sistema. La evidencia internacional ha mostrado reiteradamente que invertir en prevención y control temprano es mucho más eficiente que responder tardíamente a enfermedades ya avanzadas.
Por eso, más que discutir únicamente el financiamiento de medicamentos, el desafío es fortalecer una estrategia sanitaria integral que permita sostener tratamientos, robustecer equipos profesionales y garantizar continuidad en la atención. Potenciar el FOFAR no es solo una decisión administrativa: es una inversión en prevención, calidad de vida y sostenibilidad del sistema de salud.
Y en un país donde las enfermedades crónicas siguen avanzando silenciosamente, prevenir continúa siendo mucho más humano —y también más eficiente— que llegar tarde.