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Una ventana sin protección y una pregunta incómoda. Por Claudia Escobar, Gerente Comercial de Seguros CCS

El 17 de mayo pasado, Chile se detuvo. Una niña de dos años —Isidora— cayó desde el piso 11 de un edificio en Las Condes mientras su padre dormía en la habitación contigua, tras una noche de celebración. La ventana no tenía mallas de seguridad. No hubo nadie mirando.

Lo que ocurrió ese domingo fue, en apariencia, un hecho privado: un padre, una hija, un departamento. Pero sus consecuencias se expandieron como ondas en el agua, tocando a todos los que vivimos en comunidad.

Existe la creencia de que lo que hacemos dentro de nuestras cuatro paredes es asunto exclusivamente nuestro. Pero esa frontera es más frágil de lo que parece. Un departamento sin mallas no es solo un riesgo para quien lo habita: es una amenaza para los más vulnerables que pasen por él.

En el mundo del seguro, trabajamos con una verdad incómoda: los riesgos que ignoramos no desaparecen, se acumulan. Y cuando ocurren, raramente afectan solo a quien los ignoró. La muerte de Isidora es una demostración brutal de este principio: una decisión individual terminó con una vida que apenas comenzaba.

¿Realmente necesitamos una ley para que un padre instale una malla antes de que su hija de dos años duerma junto a una ventana sin protección en un piso 11? La ley puede establecer mínimos. La cultura de prevención necesita ir más lejos. Y esa cultura se construye cuando cada uno entiende que sus decisiones cotidianas no son solo un asunto personal: son un acto de responsabilidad hacia quienes comparten nuestra vida, nuestro edificio, nuestra comunidad.

En CCS Seguros creemos que la conversación que Chile debe tener después de la muerte de Isidora no puede quedar solo en la agenda legislativa. Debe llegar a las reuniones de vecinos, a las conversaciones familiares, a las decisiones cotidianas de quienes viven en altura con niños pequeños.

Isidora tenía dos años. No podía protegerse sola. Dependía de que los adultos a su alrededor tomaran las decisiones correctas. Esa dependencia no termina con ella: está en cada niño, en cada adulto mayor, en cada persona vulnerable que confía en que quienes la rodean harán lo que les corresponde.

¿Estamos dispuestos a asumir la responsabilidad que vivir en comunidad nos exige?

 

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