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Bajas notas, más anotaciones y cambios de conducta: lo que los adolescentes muchas veces intentan comunicar

Cuando un adolescente comienza a bajar su promedio, acumula anotaciones negativas, se muestra más irritable o deja de participar como antes, la primera explicación suele ser la falta de interés, la rebeldía o la poca responsabilidad. Sin embargo, muchas veces estas conductas pueden ser señales de un malestar emocional que no está siendo visto ni escuchado.

Según la Organización Mundial de la Salud, uno de cada siete adolescentes presenta algún problema de salud mental. La ansiedad, la depresión, las dificultades de regulación emocional y otros problemas asociados suelen impactar directamente en el rendimiento escolar, la convivencia y las relaciones con los demás.

Según explica Camila Ovalle, psicóloga clínica educacional, y co fundadora de Bow Care, “detrás de una baja repentina en las calificaciones puede existir mucho más que un problema académico. El estrés, las preocupaciones personales o las dificultades familiares, por ejemplo, pueden afectar la concentración, la memoria y la motivación para aprender. Del mismo modo, la irritabilidad, los conflictos frecuentes o las conductas desafiantes no siempre son una muestra de mala actitud; en muchos casos son la forma en que los adolescentes expresan emociones que todavía no saben comunicar adecuadamente”.

Según advierte la profesional, otra señal que merece atención es el aislamiento social. “Si bien durante la adolescencia es normal buscar más espacios de privacidad, cuando un joven deja de relacionarse con sus amigos, pierde interés en actividades que antes disfrutaba o se mantiene constantemente apartado, puede estar enfrentando dificultades emocionales que requieren apoyo”.

Uno de los fenómenos que más preocupa a los especialistas es el llamado «sufrimiento invisible». Se trata de adolescentes que continúan asistiendo al colegio, mantienen una apariencia de normalidad e incluso pueden relacionarse adecuadamente con sus compañeros, pero que internamente están atravesando niveles importantes de angustia, ansiedad o desesperanza. “Por eso, muchas veces las señales más importantes no son las conductas aisladas, sino los cambios sostenidos respecto de cómo ese estudiante era habitualmente”, recalca Ovalle.

Frente a esta realidad, la pregunta no debería ser únicamente «¿qué le pasa con las notas?» o «¿por qué se está portando mal?», sino también «¿qué le está pasando?» y «¿cómo podemos ayudarlo?».

Los factores protectores más importantes durante la adolescencia son la existencia de vínculos significativos con adultos. Sentirse escuchado, contenido y acompañado puede marcar una diferencia enorme en momentos de dificultad.

“Tanto las familias como los colegios cumplen un rol fundamental. Más que transformarse en vigilantes, los adultos deben convertirse en observadores atentos de los cambios. Mantener espacios de conversación, interesarse genuinamente por cómo se sienten los adolescentes, validar sus emociones y estar disponibles para escuchar sin juzgar son acciones simples que tienen un impacto profundo”, enfatiza Camila Ovalle.

En el ámbito escolar, la co fundadora de Bow Care es clara: “fortalecer el vínculo entre estudiantes y adultos de referencia, generar espacios de confianza y promover una cultura de cuidado puede favorecer la detección temprana de dificultades antes de que estas se agraven”.

Muchas veces un profesor, un inspector, un orientador o un encargado de convivencia puede convertirse en la persona que permite que un estudiante pida ayuda a tiempo.

Escuchar esas señales, que muchas veces entregan los adolescentes, junto con acompañar y fortalecer los vínculos sigue y seguirá siendo una de las herramientas más efectivas para prevenir problemas mayores y promover el bienestar de nuestros jóvenes.

 

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