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La IA en la Cuenta Pública. Por Dr. Danilo Leal, Director Magíster en Ciencia de Datos e IA UNAB

En la Cuenta Pública 2026, la inteligencia artificial apareció como esas visitas que llegan tarde a una reunión familiar: todos saben que es importante, pero nadie tiene claro dónde sentarla.

La IA fue mencionada en seguridad, al hablar de teleprotección y control vehicular; en economía, como infraestructura crítica para competir; y en gestión pública, para hacer catastros y detectar terrenos abandonados. No es poco. Pero tampoco es suficiente.

Mi impresión es que el discurso reconoció algo clave: la inteligencia artificial ya no es un tema de laboratorios ni de películas futuristas. Es una herramienta que puede ayudar a cuidar las carreteras, a ordenar la información del Estado, a mejorar los servicios públicos, a crear empleos e impulsar las industrias. En pocas palabras: la IA puede ser una brújula y, si se usa mal, una pala mecánica sin frenos.

Por eso, más que celebrar que se la haya nombrado, importa preguntarse cómo se va a usar. Porque la IA no es buena ni mala por sí misma. Depende de las reglas, de quienes la diseñan, de los datos con los que aprende y de los objetivos que persigue. Un algoritmo puede detectar un delito, pero también puede equivocarse. Puede ordenar una lista de espera, pero también dejar fuera a quien no encaja en la planilla.

El punto más interesante del discurso fue plantear que Chile no debe limitarse a “consumir” inteligencia artificial, sino también diseñarla, entrenarla y generar valor desde aquí. Esa idea es potente. Durante décadas hemos exportado cobre, fruta, vino y talento humano. La pregunta ahora es si seremos capaces de exportar conocimiento, soluciones tecnológicas y confianza digital.

Pero para eso no basta con nombrar centros de datos, capacidad de cómputo o energía competitiva. Hay que formar personas: escolares que entiendan qué es un dato, funcionarios que usen la tecnología sin miedo ni abuso, técnicos y profesionales capaces de explicar una decisión automatizada en lenguaje humano.

La inteligencia artificial puede ser una gran oportunidad para Chile, pero no puede convertirse en una nueva desigualdad disfrazada de modernidad. Si llega solo a algunos colegios, empresas y comunas, será una promesa elegante, pero incompleta.

En este desafío, las universidades desempeñan un rol especialmente relevante. No solo deben formar especialistas en ciencia de datos e inteligencia artificial, sino también contribuir a que la sociedad comprenda sus alcances, riesgos y límites.

Chile necesita investigación aplicada, colaboración público-privada y espacios de formación continua que permitan transformar la IA en soluciones concretas para la salud, la educación, la seguridad, la productividad y la gestión pública. La verdadera madurez tecnológica no estará en usar más algoritmos, sino en saber para qué, con qué datos, bajo qué criterios y con qué responsabilidad social se implementan.

La Cuenta Pública abrió la puerta. Ahora viene lo difícil: pasar del aplauso tecnológico a una política pública seria, ética y cercana. Porque el futuro no se construye repitiendo “inteligencia artificial” muchas veces. Se construye preguntando si esa tecnología realmente mejora la vida de las personas.

 

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