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Del corazón a la inteligencia artificial: salud digital para una nueva revolución humana. Por Dr. José Fernández, CEO de Rayen Salud

Hay momentos en la historia en que una tecnología deja de ser sólo una herramienta y comienza a convertirse en una forma de mirar el mundo. La inteligencia artificial está entrando en ese punto. Ya no se limita a ordenar información ni a automatizar tareas simples. Hoy clasifica riesgos, sugiere diagnósticos, interpreta imágenes, predice conductas, prioriza pacientes y empieza a mediar en decisiones que antes pertenecían casi exclusivamente al juicio humano.

En salud digital, esto abre enormes posibilidades. Pero también una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con la persona cuando el sistema sanitario comienza a verla principalmente como un dato, una probabilidad o una predicción?

La nueva encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, publicada el 25 de mayo de 2026, entra precisamente en ese debate. Su subtítulo marca el tono: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. No es un texto contra la tecnología, ni una reacción nostálgica ante el progreso. Es una advertencia serena y profunda: la inteligencia artificial debe servir a la humanidad, no concentrar poder ni desplazar la responsabilidad moral de las personas.

Leída desde la salud digital, la encíclica toca una fibra central. Porque en salud no trabajamos con datos abstractos: trabajamos con vidas concretas. Detrás de cada ficha clínica electrónica hay una biografía. Detrás de cada lista de espera hay angustia. Detrás de cada modelo predictivo hay una persona que puede ser acompañada o abandonada.

La inteligencia artificial no es neutra
Una de las contribuciones más importantes de Magnífica Humanitas es rechazar la idea de que la tecnología sea moralmente neutra. La encíclica recuerda que la digitalización y la inteligencia artificial están transformando rápidamente el mundo, pero insiste en que deben entenderse como realidades humanas, ligadas a la autonomía y la libertad, no como fuerzas inevitables ante las cuales solo cabe adaptarse.

Un sistema de inteligencia artificial no surge del vacío: es diseñado por alguien, entrenado con ciertos datos, orientado por determinadas prioridades y desplegado en instituciones con sus propias culturas y desigualdades. Por eso, un algoritmo puede amplificar inequidades si fue entrenado con datos incompletos, invisibilizar a ciertos grupos si no considera la diversidad territorial o socioeconómica, o aumentar la carga administrativa si se diseñó pensando en la eficiencia del sistema y no en la experiencia real de los equipos clínicos.

La salud digital, entonces, no es solo un tema de interoperabilidad o analítica avanzada. También es una pregunta sobre justicia: ¿a quién mejora la tecnología?, ¿a quién deja fuera?, ¿a quién vuelve invisible?

Cuando la fragilidad parece un error

La encíclica abre también una discusión decisiva sobre el transhumanismo. En salud, su promesa puede resultar seductora: nadie se opone seriamente a una tecnología que permita diagnosticar antes un cáncer o personalizar una terapia para reducir el sufrimiento.

El problema aparece cuando comenzamos a mirar la fragilidad humana como si fuera una falla de diseño. Cuando la vejez se interpreta solo como un deterioro que debe corregirse, la discapacidad se reduce a un déficit, y el cuerpo deja de ser una historia vivida para convertirse en una plataforma optimizable. Allí el transhumanismo deja de ser una promesa médica y comienza a ser una antropología incompleta.

Porque el ser humano no es solo capacidad. También es dependencia, límite, vínculo y necesidad de cuidado. La enfermedad nos recuerda que nadie se salva solo. Una salud digital humanista no niega la innovación: la orienta.

Volver al corazón

Aquí aparece un vínculo profundo con Dilexit nos, la última encíclica del Papa Francisco. Ese texto afirmaba que en un mundo dominado por el consumo y los ritmos de la tecnología, era necesario recuperar el corazón como centro de síntesis de la persona.

Esa palabra puede sonar incómoda en el lenguaje técnico de la salud digital. Pero una salud sin corazón puede ser precisa y, aun así, inhumana: puede medir mucho y comprender poco, anticipar riesgos y no acompañar angustias, optimizar procesos y olvidar rostros.

Leídas juntas, Francisco nos pide recuperar el corazón y León XIV nos pide custodiar la humanidad en tiempos de inteligencia artificial. Ambas comparten la misma exigencia: no dejar que la técnica avance sin alma.

La revolución humana que necesita la salud digital

El desafío más profundo no consiste en crear máquinas cada vez más inteligentes, sino en decidir si seremos lo suficientemente sabios como para usarlas bien. No se trata solo de aumentar capacidades, sino también de asumir mayor responsabilidad. No de producir una humanidad optimizada para unos pocos, sino de lograr una salud más digna para todos.

Una inteligencia artificial bien orientada puede ser una gran aliada: detectar pacientes con riesgo de descompensación, resumir antecedentes clínicos complejos, identificar brechas de seguimiento, apoyar la vigilancia epidemiológica. Pero debe permanecer en su lugar. Puede sugerir, no reemplazar la conciencia clínica. Puede automatizar, no borrar la responsabilidad. Puede apoyar el diagnóstico, no sustituir el encuentro. En medicina, decidir no es solo calcular: es deliberar, escuchar una historia, mirar a alguien a los ojos y reconocer que allí hay una dignidad que ningún sistema puede captar por completo.

La encíclica de León XIV advierte sobre el riesgo de que la inteligencia artificial concentre poder y moldee la convivencia humana. En salud, esa advertencia debe tomarse muy en serio: si el futuro sanitario queda definido solo por quienes controlan los datos, los modelos y las plataformas, corremos el riesgo de construir una medicina más sofisticada, pero menos democrática; más predictiva, pero menos cercana.

La verdadera innovación no está en la fantasía de ser más que humanos, sino en la posibilidad mucho más difícil y más hermosa de ser más plenamente humanos.

La medicina nació antes que la inteligencia artificial porque surgió de una experiencia humana elemental: alguien sufre y otro se acerca. Toda tecnología sanitaria debería evaluarse desde esa escena original. El futuro de la salud no dependerá solo de máquinas más potentes ni de modelos más precisos. Dependerá de nuestra capacidad de recordar que detrás de cada algoritmo sigue habiendo una persona vulnerable que espera ser mirada, comprendida y cuidada.

 

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