Nuestro país ha avanzado de manera significativa hacia una atención materna y neonatal más humanizada, incorporando políticas públicas que reconocen el nacimiento como un proceso clínico, pero también emocional, social y profundamente familiar. Programas como Chile Crece Contigo, hoy Chile Crece Más, han permitido instalar una mirada biopsicosocial desde la gestación, promoviendo el apego temprano, la lactancia materna, el acompañamiento durante el parto y la participación activa de las familias. Sin embargo, en muchos hospitales públicos aún se observan brechas importantes asociadas a la sobrecarga asistencial, el déficit de personal, las limitaciones en cuanto a infraestructura y desigualdades territoriales.
Humanizar la atención implica reconocer a la mujer, al recién nacido y su familia, como protagonistas de una experiencia única, donde la contención, escucha y respeto, son tan relevantes como la competencia en ámbitos clínicos. En este sentido, el acompañamiento durante el trabajo de parto y el nacimiento continúa siendo un importante desafío en los diferentes centros asistenciales, públicos y privados del país. Hoy, muchas mujeres enfrentan este momento único y tan relevante sin una persona significativa a su lado, producto de barreras operativas y culturales que siguen sin ser superadas.
En este escenario, los estudiantes e internos de Obstetricia y Puericultura de las diferentes casas de estudio, cumplen un rol profundamente valioso. Su presencia en los servicios permite sostener espacios de apoyo continuo mediante palabras de tranquilidad, orientación, técnicas no farmacológicas para el manejo del dolor y acompañamiento emocional. Al mismo tiempo, esta experiencia fortalece su formación ética, comunicacional y humana, recordándonos que la matronería se aprende, también, desde la empatía y la vocación de cuidado.
La pandemia por COVID-19 evidenció con fuerza la importancia del apego temprano. Las restricciones de acompañantes significativos en partos, puerperios y unidades neonatales mostraron que el apego, el contacto piel con piel, el método canguro, el alojamiento conjunto y la lactancia materna, no son prácticas secundarias, sino componentes esenciales para el bienestar del recién nacido y su familia.
Por ello, la humanización de la atención no puede quedar reducida a protocolos. Las universidades tienen aquí una responsabilidad clave: formar profesionales técnicamente competentes, pero también empáticos, respetuosos y capaces de acompañar con humanidad. Este desafío debe convocar a las instituciones formadoras y los equipos de salud, con un compromiso real. Porque cada nacimiento es único, y este momento merece ser sostenido con dignidad, amor y cuidado.