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La montaña no perdona la improvisación. Por Felipe Estay Delgado, Académico y Secretario de Estudios, Ingeniería en Gestión de Expediciones y Ecoturismo

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La reciente tragedia en el Volcán Calbuco y el grave accidente en el Volcán Casablanca no son eventos aislados; son un síntoma crítico de una brecha profunda en nuestra cultura de montaña. En la Región de Los Lagos, donde la belleza escénica de nuestros volcanes es un imán indiscutible para el turismo, hemos confundido la accesibilidad geográfica con la falta de complejidad técnica. La naturaleza agreste no entiende de recreación casual; entiende de física, meteorología y gestión de riesgos.

La ausencia de elementos de protección personal, específicamente el casco, en ambos incidentes es el reflejo de una subestimación peligrosa. En terrenos volcánicos, donde la inestabilidad del suelo y la caída de rocas son riesgos inherentes, el casco no es un accesorio opcional, sino una pieza fundamental del equipamiento de seguridad que separa un susto de un desenlace fatal. La profesionalización de la actividad turística en Chile, impulsada por normativas como el Sello R de SERNATUR, busca precisamente instalar la cultura del «turismo informado». No obstante, cuando el excursionista decide omitir la instrucción técnica, la normativa institucional se vuelve ineficaz.

La solución no radica en prohibir el acceso, lo cual sería una medida miope y contraproducente para el desarrollo del turismo de intereses especiales. La respuesta está en la educación y la profesionalización del excursionista principiante. Debemos transitar desde un modelo donde la montaña es vista como un parque recreativo hacia uno donde sea reconocida como un entorno de alto desempeño.

Esto implica integrar la gestión de riesgos en la educación ciudadana desde edades tempranas y fortalecer la vinculación entre los operadores turísticos locales y los clubes de montaña, estableciendo una red de información técnica constante.

Para quienes se inician en el ascenso de volcanes, la recomendación es intransable: la montaña se respeta mediante la planificación. El ascenso a un volcán requiere de un guía certificado (registrado en SERNATUR). Un guía no sólo conoce la ruta, sino que gestiona la seguridad; equipo técnico: el uso de casco técnico, calzado técnico de montaña y vestuario por sistema de capas no es negociable. La protección craneal es la primera línea de defensa ante el terreno inestable propio de nuestros macizos andinos; gestión de la información: registrar la ruta y los tiempos estimados de retorno con autoridades locales y familiares; además, una formación previa, es decir, que antes de buscar cumbres, se debe realizar un entrenamiento progresivo del senderismo de menor complejidad.

El llamado a la industria y al sector público es claro: necesitamos más señalética educativa en las rutas de acceso y campañas que desmitifiquen la «facilidad» de estos ascensos. La seguridad en el turismo de aventura es, en última instancia, una responsabilidad compartida. Debemos transformar nuestra relación con el patrimonio natural de Los Lagos: pasar del «turismo de conquista» al «turismo de respeto y conocimiento». Solo así honraremos la majestuosidad de nuestra geografía sin lamentar más pérdidas humanas.

 

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