La contaminación atmosférica en la RM dejó de ser un fenómeno estacional para convertirse en una amenaza persistente para la salud pública. Los recientes episodios críticos, sumados a niveles de material particulado que no se registraban hace años, reflejan un problema que va más allá de lo visible.
Desde la toxicología, sabemos que el mayor riesgo no está solo en los eventos extremos, sino en la exposición acumulativa. El material particulado fino, PM2,5, tiene la capacidad de penetrar profundamente en el organismo, alcanzar el torrente sanguíneo y generar procesos inflamatorios y estrés oxidativo que afectan múltiples sistemas.
La evidencia ya no se limita a enfermedades respiratorias. Hoy sabemos que la contaminación del aire también incide en el sistema cardiovascular, aumentando el riesgo de hipertensión, infartos y accidentes cerebrovasculares. Incluso se ha asociado a efectos en la salud mental, como ansiedad, depresión y alteraciones del sueño.
Lo más preocupante es que no existe un nivel completamente seguro de exposición prolongada. Esto significa que vivir en entornos contaminados implica un riesgo continuo, especialmente para los grupos más vulnerables.
Frente a este escenario, no basta con medidas reactivas. Se requiere fortalecer la regulación, mejorar la fiscalización de las fuentes contaminantes y avanzar en políticas públicas que prioricen la salud de la población.