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La verdadera brecha de la IA. Por Pablo Correa, Director de tecnología de Mine Class

Con una trayectoria cercana a los cien años formando profesionales, la PUCV pone a disposición de los estudiantes espacios presenciales y digitales para resolver dudas sobre carreras, puntajes y vida universitaria.

Chile no tiene una ventaja asegurada frente a la Inteligencia Artificial. Tiene una ventana, y es más estrecha de lo que creemos: ningún país de la OCDE tiene una proporción mayor de empleos automatizables que el nuestro. Convertir esa ventana en desarrollo depende menos de la tecnología que de una decisión país que es tratar la capacitación continua como infraestructura crítica.

Lo digo desde la industria de la formación, con el sesgo que eso supone. Pero los números no son míos, y son incómodos. Según datos de la encuesta PIAAC de la OCDE, el 55% de los empleos en Chile consiste en tareas cortas y repetitivas, altamente automatizables, mientras que en el resto de los países el promedio es de 14%. Esa es la medida real de nuestra ventana.

La IA está redefiniendo industrias, productividad y empleabilidad en tiempo real. No es una transformación futura, ocurre ahora, de forma silenciosa y desigual. La próxima década no la liderarán necesariamente los países más grandes, sino los que decidan más rápido. Chile tiene activos reales como institucionalidad, conectividad, experiencia en sectores intensivos en tecnología y capital humano técnico. Pero la velocidad del cambio impone otra pregunta, más urgente: ¿vamos a subirnos al tren o vamos a verlo pasar? Y sobre todo, ¿tenemos a nuestra gente lista para subirse? Los ciclos políticos pasan; las disrupciones tecnológicas quedan.

Al hablar de IA como oportunidad país, solemos enfocarnos en infraestructura dura, data centers, normas, pilotos e inversiones. Es comprensible, porque es visible, medible y políticamente rentable. Pero es incompleto. El contraste lo dice todo. Chile es sexto en el mundo en velocidad de banda ancha fija —Valparaíso lidera el ranking global, por delante de Pekín o Abu Dhabi—, y al mismo tiempo, según la OCDE, solo el 13% de los docentes en la región posee competencias digitales avanzadas. Infraestructura de primer mundo, habilidades de tercero. La tecnología más sofisticada es inútil si quienes la usan no saben aplicarla, cuestionarla y mejorarla.

No es una intuición. Un 40% de las empresas chilenas declara que la capacitación es el principal obstáculo para adoptar IA. El 45% ya usa estas herramientas, pero solo el 23% se considera preparado para integrarlas de verdad. El cuello de botella decisivo no es tecnológico, es humano. Y la brecha que importa no será entre países «con IA» y «sin IA», sino entre sociedades donde la mayoría puede trabajar con estas herramientas y aquellas donde solo una élite puede.

Por eso hay que decirlo con claridad: la capacitación continua es infraestructura. Igual que construimos carreteras para mover bienes, necesitamos plataformas de formación permanente para mover conocimiento. Si la economía del siglo XX se levantó con rutas, puertos y energía, la de la IA se construye con aprendizaje permanente, acceso flexible y certificaciones con valor real en el mercado del trabajo.

Pero aquí aparece el punto más sensible que es el miedo a la automatización. Es legítimo, pero suele estar mal enfocado. El 52% de los trabajadores chilenos teme que la tecnología sustituya gran parte del trabajo humano, pero solo el 26% cree que su propio puesto está en riesgo. Esa distancia revela una ansiedad alimentada más por titulares que por experiencia. Y los datos invitan a la precisión. El Banco Mundial y la OIT estiman que el 37% de los empleos en Chile están expuestos a la IA generativa, pero apenas un 3% es plenamente automatizable; el resto se transforma, no desaparece. El punto es exactamente ese. La IA rara vez elimina un trabajo completo; redefine cómo se hace. Quien quede dentro o fuera dependerá menos de la máquina que de si aprendió a trabajar con ella.

El riesgo, entonces, no es un apocalipsis laboral inmediato, sino una segregación acelerada, y ya tiene forma generacional. El 73% de los jóvenes de 18 a 34 años se considera competente en habilidades digitales, frente a apenas el 48% entre los 35 y 65. El trabajador de mediana edad en una pyme regional, sin tiempo ni acceso, es quien más arriesga quedar atrás. Una política seria de capacitación tiene que diseñarse para él, no para quien ya sabe.

La IA no espera. Y el costo de llegar tarde no es solo económico, es social. Si Chile quiere competir, la consigna no es «más tecnología», es más personas preparadas. Porque en la era de la IA, el país que aprende más rápido es el que avanza.

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