Hay un desafío que merece más atención en el debate educativo chileno. La evidencia internacional es clara: los primeros años de vida concentran el mayor potencial de desarrollo. En esta etapa, la intervención de calidad produce los mayores efectos, y las brechas todavía pueden cerrarse antes de consolidarse. En este contexto, la Educación Parvularia es uno de los niveles que aún tiene espacio para avanzar en acceso. Chile mantiene brechas de cobertura en educación inicial respecto a los países de la OCDE, lo que invita a preguntarse cómo alinear mejor la inversión con lo que la evidencia señala como prioritario.
A esto se suma un dato que se debe leer con cuidado. La matrícula del nivel ha disminuido de forma sostenida desde 2019. La lectura apresurada lo atribuiría al desinterés de las familias, pero el fenómeno es estructural: Chile tiene hoy menos niñas y niños, según el Censo 2024. La caída responde en buena medida a la transición demográfica, no a una renuncia. Eso enriquece la conversación: el reto no pasa tanto por la cantidad de cupos, como por asegurar cobertura efectiva, especialmente en sectores vulnerables y territorios de difícil acceso, donde queda camino por recorrer.
El debate público tiende a reducir la educación inicial a una función preparatoria: anticipar la lectoescritura, «ganar tiempo» para la escuela. Esa mirada empobrece lo que está en juego. La primera infancia no prepara para la educación; es educación. Es donde se construyen los vínculos, la confianza y curiosidad que después sostienen todo aprendizaje posterior. Reconocer el juego como derecho, y no como pausa entre actividades «serias», forma parte de ese cambio de enfoque.
La Educación Parvularia es un nivel históricamente feminizado, sostenido por educadoras y técnicas cuyo trabajo no siempre ha recibido el reconocimiento que merece. La valoración del nivel y la de quienes lo sostienen están estrechamente ligadas: un trabajo asociado al cuidado y realizado mayoritariamente por mujeres tiende a recibir menor reconocimiento. Dignificar este nivel es también una cuestión de equidad de género.
Las desigualdades que más tarde nos preocupan —en trayectorias escolares, en acceso a la educación superior, en la participación de las mujeres en áreas STEM— no surgen en la adolescencia. Empiezan a perfilarse en los primeros años, cuando aún son reversibles. Intervenir temprano, con calidad, es una de las políticas más eficaces que conocemos para no tener que compensar después lo que pudo prevenirse.
Chile ha dado pasos institucionales relevantes en la última década, y sobre esa base es posible seguir avanzando. El desafío ahora es de prioridad: reconocer la Educación Parvularia como aquel nivel donde la evidencia sitúa los mayores retornos. Lo que decidamos invertir y valorar en los primeros años contribuirá de manera importante a lo que venga después.