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Aristóteles en Silicon Valley. Por Guillermo Tobar Loyola, Director Nacional de Formación Integral, Universidad San Sebastián sede De la Patagonia

Con una trayectoria cercana a los cien años formando profesionales, la PUCV pone a disposición de los estudiantes espacios presenciales y digitales para resolver dudas sobre carreras, puntajes y vida universitaria.

Existe una famosa máxima aristotélica según la cual “es propio del sabio ordenar”. Más que una simple afirmación sobre la organización de las cosas, Aristóteles entendía que ordenar consistía en reconocer la jerarquía de los fines, distinguir lo esencial de lo accesorio y disponer la realidad conforme a la razón.

A la luz de la irrupción de la Inteligencia Artificial en prácticamente todos los ámbitos de la vida humana, no resulta exagerado afirmar que constituye la herramienta de ordenamiento más poderosa que la humanidad haya creado. Un sistema de IA puede integrar en pocos segundos millones de registros clínicos, imágenes, resultados de laboratorio, antecedentes genéticos y publicaciones científicas, organizándolos según los criterios que determine el investigador.

Si Aristóteles viviera en nuestros días, quizá tendría que reformular su célebre sentencia y admitir que “lo propio de la IA es ordenar”. Y si, prolongando este ejercicio de imaginación, el filósofo griego fuera invitado a incorporarse a un laboratorio de innovación de Silicon Valley, ¿debería abandonar su formación humanista para adquirir competencias en programación, ciencia de datos, aprendizaje automático o arquitectura de algoritmos? Probablemente las aprendería con admirable rapidez, pues nunca despreció el conocimiento técnico.

Sin embargo, no me cabe duda de que el verdadero asombro del mundo no provendría de verlo dominar esas nuevas herramientas, sino de comprobar la vigencia de su pensamiento. Reconocería, sin dificultad, la extraordinaria capacidad de la IA para estructurar, clasificar y optimizar procesos. Pero, precisamente por su condición de filósofo, advertiría también que cuanto mayor sea la capacidad tecnológica para organizar el mundo, más imprescindible será cultivar en quienes la crean y utilizan aquello que ninguna máquina podrá proporcionar, es decir, la capacidad de discernir el bien, asumir responsabilidades y orientar el inmenso poder técnico al servicio de la persona y del bien común.

Desde una perspectiva filosófica, la IA es extraordinariamente poderosa para ordenar el mundo, pero radicalmente incapaz de orientar la existencia humana. No sabe por qué vale la pena vivir, ni qué merece ser amado y mucho menos qué sacrificios son moralmente justificables. Es cierto que la IA puede optimizar admirablemente los medios, pero lo es aún más que únicamente el ser humano está llamado a determinar los fines. En definitiva, el gran desafío de nuestro tiempo no consiste en humanizar la máquina, sino en comprender con mayor profundidad qué hace verdaderamente humano al ser humano. No es casual que Scott Hartley, tras su experiencia en Silicon Valley, titulara uno de sus libros Menos tech y más Platón, recordándonos que el progreso tecnológico necesita ser acompañado por la sabiduría humanística. Y quizá ahí reside la mejor actualización de la antigua máxima aristotélica, pues, si hoy la inteligencia artificial es quien mejor ordena los datos, seguirá siendo tarea del sabio ordenar la inteligencia artificial, es decir, gobernarla éticamente para que nunca deje de estar al servicio de la dignidad humana.

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