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50 años de APSI: un momento para aprender del profesionalismo en la adversidad. Por Pablo Álvarez, secretario de estudios Escuela de Historia UDP

Con una trayectoria cercana a los cien años formando profesionales, la PUCV pone a disposición de los estudiantes espacios presenciales y digitales para resolver dudas sobre carreras, puntajes y vida universitaria.

En julio de 1976, luego de mucho bregar contra corriente, un grupo de jóvenes periodistas funda la revista APSI, medio que, con el tiempo, se transformó en un faro en medio del oscurantismo dictatorial.

Arturo Navarro, periodista y sociólogo educado en la Universidad Católica y oriundo de Valparaíso, junto con el periodista norteamericano John Dinges y el español Rafael Otano, el abogado Jorge Molina y otros profesionales, deciden iniciar una agencia informativa para llevar las noticias de Chile al exterior. Las dificultades que impuso la dictadura impidieron aquello, por tanto, comenzaron con un boletín informativo de estilo newsletter que se repartía por suscripción cada 15 días y con contenidos exclusivamente internacionales.

Navarro, así como muchos periodistas, había quedado en el desamparo tras el golpe de Estado de septiembre de 1973. Fue el Comité pro Paz el que le dio un espacio laboral en ese contexto de gran incertidumbre. Personas de diversas disciplinas, como sociólogos, abogados, trabajadores sociales y periodistas, trabajaron con ahínco en el Comité de Cooperación para la Paz, formado principalmente luego del golpe por las iglesias evangélicas, la católica y la comunidad judía, para defender los derechos fundamentales de quienes eran detenidos con violencia desde esos primeros días de la dictadura.

En 1975, el dictador ordena al cardenal Silva Henríquez cerrar el Comité. Según la dictadura, este organismo se dedicaba a difundir una mala imagen de Chile en el mundo. La realidad es que, sin el denodado apoyo de estos profesionales, muchos más detenidos habrían muerto o desaparecido. Gracias a los recursos de amparo y a la insistencia del Comité, se pudo llevar una pequeña luz a quienes eran perseguidos.

En diciembre de 1975 se produce el cierre del Comité y, en enero de 1976, el mismo cardenal crea la Vicaría de la Solidaridad, que siguió el camino inaugurado por el Comité, con un rol fundamental durante el resto de la dictadura.

Dado que muchos profesionales del comité habrían quedado en la cesantía, el cardenal les dio la posibilidad de fundar medios periodísticos, con un pequeño apoyo monetario de la Iglesia y la solidaridad internacional de organismos, fundamentalmente europeos, de apoyo a los derechos humanos.

Hay que tener en cuenta que la dictadura cerró periódicos, radios y editoriales en todo el país. La represión política también abarcó la cultura y el periodismo. Hasta la fundación de APSI, el duopolio informativo no tenía contraparte, la información era colectivamente afín al régimen. Luego de APSI aparecieron otras revistas y otros diarios.

Para APSI, los inicios fueron difíciles: tenían que someterse al mecanismo de censura previa, lo que significaba que cada número debía ser revisado por un funcionario del régimen antes de ser impreso. Una vez que se le daba la autorización de impresión, debía volver a ser revisado para que, recién con una segunda autorización, pudiera pasar a la venta. Hasta 1979, APSI no circuló en los quioscos. Incluso su propio nombre refleja la austeridad y la opacidad del sistema: APSI significa agencia de publicidad y servicios informativos.

La revista pudo abrirse camino de forma profesional y valiente, incluso en circunstancias de amenazas de expulsión del país y de su posible cierre. Al comienzo solo podían informar noticias internacionales; aun así, se las fueron arreglando para hablar de democracia y derechos humanos, solo que enfocados en lo que sucedía en otras latitudes. En 1979 comenzaron a tratar temas nacionales y a jugársela por una salida democrática de la dictadura.

En sus páginas pasaron periodistas, pero también políticos como Ricardo Lagos, Heraldo Muñoz, Patricio Aylwin, entre otros. También escribieron académicos destacados como Manuel Antonio Garretón, Eduardo Ortiz y Tomás Moulian, entre otros.

Quienes trabajaron en revistas de oposición, como APSI, no eran héroes; eran profesionales, periodistas, abogados, sociólogos, docentes, etc., que enfrentaron muchas precariedades y arriesgaron la vida para salir del oscurantismo de la dictadura. Ese profesionalismo, en circunstancias tan adversas, debería ser un ejemplo hoy.

En la actualidad tenemos un sistema de medios enormemente concentrado, un reflejo de la economía chilena en su totalidad: grandes empresas oligopólicas que impiden la competencia. Los medios alternativos son escasos y deben bregar por un espacio reducido. A eso se suma el hecho de que las empresas tecnológicas de inteligencia artificial observan enormes cantidades de contenidos sin pagar derechos de autor y, además, se quedan con el avisaje que podría ir a los medios de prensa.

Si durante un siglo y medio el sistema de prensa liberal tuvo como principal enemigo al Estado autoritario, como lo vivió APSI, hoy el sistema de prensa tiene como amenaza, además, a los oligarcas tecnológicos. El periodismo no puede ser servil; debe ser profesional para enfrentar, con hechos, a estos grandes poderes que siempre mienten, tergiversan o manipulan. Los intelectuales deben denunciar los abusos y la concentración de poder; para ello, los medios de comunicación son clave. Todo eso solo es posible gracias al esfuerzo de muchos profesionales, como el que se mostró en la revista APSI.

Por todo ello, a 50 años del nacimiento de APSI, deberíamos releerla y aprender de sus esfuerzos por aportar algo de luz al panorama periodístico e intelectual opaco del Chile dictatorial. Los retos de la actualidad son múltiples, sin medios críticos y profesionales dispuestos a enfrentarse al poder, el oscurantismo tecnoautoritario vencerá.

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