Cada vez que Lionel Messi tomó la pelota, que Cristiano Ronaldo marcó un gol, que Luka Modrić dominó el mediocampo o que Vozinha sorprendió bajo los tres palos, ocurrió algo curioso.
La conversación rara vez comenzó por su talento. Comenzó por su edad: “a pesar de sus 39 años”…Como si el verdadero acontecimiento no hubiera sido el partido que jugaron, sino que todavía fueran capaces de jugarlo.
No deja de llamarme la atención. Porque nadie habla así de un futbolista de 22 años. Nadie dice que, «a pesar de su juventud», hizo un gran partido. La juventud funciona como la norma; la edad, en cambio, aparece como una explicación. Y esa forma de narrarlos dice mucho más de nosotros que de ellos.
Esta columna no pretende decir que «la edad es solo un número», o convencerte de que «nunca es tarde». Ambos mensajes, aunque bien intencionados, simplifican una realidad profundamente desigual. Sería ingenuo ignorar que estas trayectorias han estado sostenidas por privilegios materiales, tecnológicos y deportivos que la inmensa mayoría de las personas nunca tendrá.
Pero precisamente por eso vale la pena hacerse otra pregunta. ¿Por qué seguimos necesitando explicar el buen desempeño de una persona que ya consideramos mayor?, ¿Por qué nos sorprende tanto verla competir, liderar o destacar? Nuestra dificultad para responder revela algo más profundo: nos cuesta imaginar talento, excelencia o liderazgo cuando alguien deja de ser joven.
El problema no es reconocer que el cuerpo cambia. Cambia. Siempre cambia. Un futbolista de 39 años no juega igual que uno de 22, del mismo modo que una profesora de 65 no enseña exactamente igual que cuando tenía 30 o una médico de 70 no ejerce de la misma forma que al inicio de su carrera.
Confundir cambio con deterioro es una decisión cultural, no un hecho biológico.
Quizás por eso seguimos hablando de «milagros» cuando una persona mayor rompe nuestras expectativas. Admiramos las excepciones sin preguntarnos por qué nuestras expectativas eran tan bajas desde el principio.
Ese mecanismo tiene nombre: viejismo. No consiste en negar que envejecemos. Consiste en asumir que, a partir de cierta edad, el envejecimiento solo puede leerse como pérdida. Como si el paso del tiempo implicara, inevitablemente, menos capacidad, menos valor, menos futuro.
Y ese prejuicio tiene consecuencias muy lejos de los estadios. En el caso de muchos hombres mayores, este prejuicio puede ser especialmente duro. Durante décadas aprendieron que su valor estaba ligado a producir, competir, sostener y mantenerse vigentes. Cuando la sociedad empieza a mirar la edad como sinónimo de reemplazo, no solo pone en duda sus capacidades: también pone en tensión una parte importante de su identidad.
Tal vez Messi, Cristiano, Modrić o Vozinha no estén desafiando las leyes del envejecimiento. Quizás lo que realmente están desafiando son nuestras ideas sobre él. No son ellos quienes están cambiando las reglas del envejecimiento. Somos nosotros quienes, lentamente, estamos descubriendo que las reglas nunca fueron tan rígidas como creíamos. Y quizás por eso seguimos necesitando repetir sus edades cada vez que brillan. Porque todavía nos cuesta aceptar que el problema nunca fue envejecer. El problema fue haber aprendido que, después de cierta edad, solo quedaba empezar a despedirse.