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La reputación dejó de ser un intangible para convertirse en una ventaja competitiva. Por Gabriela Lazo, founder y CEO de LRM Comunicaciones

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Durante mucho tiempo, la reputación fue vista como un concepto difícil de medir. Se asociaba a la imagen corporativa, a las relaciones públicas o, simplemente, a la manera en que una empresa era percibida por su entorno. Hoy esa mirada quedó atrás. La reputación se ha transformado en un activo estratégico que influye directamente en la confianza, la capacidad de crecimiento y, finalmente, en los resultados del negocio.

En los directorios se habla de transformación digital, inteligencia artificial, expansión comercial o eficiencia operacional. Son conversaciones necesarias. Sin embargo, pocas veces se discute con la misma profundidad cómo una organización construye credibilidad frente a sus clientes, inversionistas, colaboradores y al mercado.

En un entorno donde las personas reciben miles de mensajes publicitarios cada día, la confianza ya no se compra. Se construye. Y una de las formas más efectivas de hacerlo sigue siendo a través de la validación que entregan los medios de comunicación y la capacidad de una empresa para aportar una mirada relevante sobre la industria en la que participa.

No se trata de aparecer por aparecer. Se trata de ocupar un espacio en la conversación pública con contenido de valor, análisis y liderazgo. Cuando un CEO es consultado por un medio especializado sobre los desafíos de su industria, cuando explica una tendencia o aporta soluciones frente a un problema país, no está haciendo publicidad. Está fortaleciendo la credibilidad de su organización.

Esa diferencia es clave. Mientras una campaña puede decir que una empresa es líder, es el reconocimiento de terceros el que finalmente valida esa posición frente al mercado.

Los efectos de esa confianza son mucho más concretos de lo que muchas veces se cree. Una empresa con buena reputación enfrenta procesos comerciales más ágiles porque llega a las reuniones con un nivel de confianza previamente construido. También tiene mayores posibilidades de diferenciarse por valor y no únicamente por precio, evitando competir exclusivamente en una guerra de descuentos. A ello se suma otro elemento decisivo: atraer talento e inversionistas resulta más fácil cuando existe una historia consistente y una marca que transmite solidez.

En ese contexto, el rol del CEO también ha cambiado. Hoy ya no basta con liderar la estrategia desde el interior de la organización. Los principales ejecutivos se han convertido en voceros de la visión de sus empresas y, muchas veces, en el principal punto de contacto entre la organización y su entorno.

Eso exige preparación, consistencia y una estrategia de posicionamiento que vaya mucho más allá de una aparición ocasional. La reputación no se construye en una entrevista aislada ni como reacción frente a una crisis. Es el resultado de un trabajo permanente, donde cada intervención pública contribuye a consolidar una narrativa coherente y creíble.

En un escenario donde la información circula a gran velocidad y la confianza se ha convertido en uno de los bienes más escasos, las empresas ya no pueden entender la reputación como un elemento accesorio. Es parte de su competitividad.

Porque al final, las decisiones de compra, inversión o colaboración no dependen únicamente de un buen producto o de una propuesta comercial atractiva. También dependen de la confianza que inspira quien está detrás de ese proyecto.

La reputación, entonces, dejó de ser un intangible difícil de explicar. Hoy es uno de los activos más valiosos que puede construir una empresa y uno de los factores que más incide en su capacidad para crecer de manera sostenible.

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