No podemos negar que el sistema frontal mantiene a las regiones en alerta. Y se entiende; es dar espacio a lo que la naturaleza, y el cambio climático, nos vienen indicando hace tiempo. Está presente, se manifiesta, y con este nuevo evento Chile parece enfrentar una prueba. ¿Aprobaremos? ¿Hemos aprendido?
Nadie puede negar que este es un país de catástrofes. Un territorio largo y angosto, con particularidades geográficas que hacen que cada región enfrente estos fenómenos de manera distinta, no solo por los recursos disponibles, sino también por sus formas de respuesta.
Sin embargo, al observar los llamados y las precauciones que hoy se difunden; limpieza de canales, revisión de luces de emergencia, preparación de kits, entre otros surge una pregunta inevitable: ¿por qué siempre parece ser a última hora? ¿No deberíamos estar preparados de forma permanente y no solo cuando se anuncia un sistema frontal?
Los medios han cubierto ampliamente la noticia, pero sus efectos son ambiguos: por un lado, se instala la idea de “otra alarma más” que quizás no se concretará; por otro, se genera un miedo que paraliza. Lo que no se observa con la misma fuerza es una cultura preventiva instalada. Así, las recomendaciones aparecen como reacciones tardías y, lo más preocupante, no siempre consideran a los sectores más vulnerables.
¿Qué ocurre con los terrenos tomados o con construcciones en zonas no permitidas? El riesgo es evidente. Pero también en aquellos lugares donde sí se autorizó construir; la naturaleza, tarde o temprano, retoma su cauce, y entonces surge la discusión sobre responsabilidades.
¿Y las zonas aisladas, que pueden quedar aún más incomunicadas con un temporal? ¿Por qué no se trabajó antes en mejorar sus accesos? Resulta inquietante ver cómo, en medio de estas situaciones, algunos aparecen en cámaras buscando aprobación ciudadana por medidas que debieron haberse tomado con anticipación.
En otras latitudes, frente a emergencias climáticas, las acciones preventivas se implementan con tiempo; las personas son resguardadas en sus hogares o en albergues, y los equipos de emergencia pueden concentrarse en lo imprevisto, reduciendo los márgenes de riesgo. Aquí, en cambio, vemos periodistas en bordes costeros, personas tomando fotografías, familias que no quieren abandonar sus casas a orillas del río por temor a robos. ¿Es preferible arriesgar la vida? Incluso hay trabajadores que deben negociar con sus empleadores para resguardarse a tiempo. Esto no debería ser así.
Aun así, es justo reconocer a quienes han aprendido y han incorporado nuevas prácticas, pensando en el otro como parte de un entorno común que también debemos cuidar. Porque no se trata solo de reaccionar, sino de convivir con la naturaleza de manera más consciente y responsable.
Pero esa responsabilidad no puede recaer por igual en todos, cuando las condiciones de origen son tan desiguales. Son las familias en mayor situación de vulnerabilidad las que enfrentan los mayores riesgos; viviendas precarias, territorios expuestos, escaso acceso a información o redes de apoyo. Allí donde el Estado llega tarde o peor, no llega, la emergencia no es solo climática, es también social. Y mientras no integremos esa realidad en la prevención, cada nuevo sistema frontal seguirá siendo una prueba que, como país, rendimos de manera incompleta.