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Más allá de lo estético: Cómo la toxina botulínica (botox) puede utilizarse en neurología, oftalmología, urología y rehabilitación

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La reciente incorporación de la toxina botulínica, conocido popularmente como botox, como parte del tratamiento preoperatorio de hernias abdominales complejas en el Hospital San José de Coronel representa un avance significativo en la cirugía de pared abdominal. Este procedimiento consiste en la aplicación del medicamento en determinados músculos del abdomen para generar una relajación temporal que facilite la reparación quirúrgica.

Si bien su uso suele asociarse a procedimientos estéticos, la toxina botulínica ha ampliado considerablemente su campo de acción y hoy forma parte del tratamiento de diversas enfermedades y condiciones médicas.
El Dr. Mauricio Muñoz, director de Química y Farmacia de la Universidad Andrés Bello, sede Concepción, aclara que no es correcto utilizar como sinónimos los términos toxina botulínica y Botox.

“Botox corresponde a una marca comercial específica, mientras que la toxina botulínica es el principio activo presente en distintos productos farmacéuticos”, explica.

El académico agrega que actualmente existen varias formulaciones disponibles en el mundo. Aunque todas contienen toxina botulínica, no son idénticas ni intercambiables. “Por esta razón, los profesionales de la salud deben considerar las particularidades de cada formulación para garantizar tratamientos seguros y eficaces”, señala.

¿Cómo actúa la toxina botulínica?

El experto explica que la toxina botulínica bloquea temporalmente la liberación de acetilcolina, un neurotransmisor fundamental para la comunicación entre los nervios y los músculos. Al interrumpirse esta señal, el músculo disminuye su actividad y se relaja. “Desde un punto de vista farmacológico, esto corresponde a una parálisis muscular localizada, controlada y reversible”, indica.

El Dr. Muñoz añade que el organismo cuenta con mecanismos naturales de recuperación. “Con el tiempo, las terminaciones nerviosas generan nuevas conexiones que restablecen la comunicación con el músculo, permitiendo que el efecto desaparezca gradualmente”.

Dependiendo de la indicación clínica, la dosis administrada y las características de cada paciente, los efectos suelen mantenerse entre tres y seis meses, aunque en algunos casos pueden prolongarse por más tiempo.

Importancia de la dosis y del uso profesional

A pesar de tratarse de una sustancia extremadamente potente, las cantidades utilizadas con fines médicos son muy pequeñas y están cuidadosamente controladas. Además, se administra de manera localizada en tejidos específicos.
“Gracias a estos estrictos controles, la toxina botulínica presenta un perfil de seguridad favorable cuando es utilizada por profesionales capacitados y siguiendo las indicaciones médicas correspondientes”, afirma. El académico destaca que, aunque el uso cosmético es el más conocido por la población, su mayor impacto clínico se encuentra en el tratamiento de distintas enfermedades.

En neurología y rehabilitación, se emplea para el manejo de migraña crónica, espasticidad asociada a parálisis cerebral y esclerosis múltiple, entre otras patologías. En oftalmología, es utilizada para tratar el estrabismo y diversas alteraciones de la motilidad ocular. También tiene aplicaciones en dermatología para el tratamiento de la hiperhidrosis o sudoración excesiva, mientras que en urología y gastroenterología se utiliza en casos de vejiga hiperactiva y trastornos funcionales asociados a espasmos musculares.

Nuevas áreas de investigación

Las investigaciones sobre la toxina botulínica continúan ampliando sus posibles aplicaciones. Según explica el Dr. Muñoz, existen usos emergentes en condiciones como el bruxismo, la sialorrea o exceso de salivación, el fenómeno de Raynaud y otras patologías relacionadas con alteraciones musculares o glandulares.

“Asimismo, algunos estudios han explorado su posible utilidad en trastornos del estado de ánimo, aunque la evidencia disponible aún no permite considerarla un tratamiento estándar para la depresión”, precisa.

Sin embargo, advierte que, como ocurre con cualquier medicamento, su indicación requiere una evaluación médica individualizada. “Su uso debe ser cuidadosamente analizado en personas con enfermedades que afectan la unión entre nervios y músculos, como la miastenia gravis o el síndrome de Lambert-Eaton, debido al riesgo de potenciar la debilidad muscular”, señala.

El especialista también recomienda informar al médico sobre todos los medicamentos que se estén utilizando. “Algunos antibióticos, particularmente los aminoglucósidos, así como ciertos relajantes musculares, pueden aumentar el efecto del tratamiento. Durante el embarazo y la lactancia, su utilización generalmente se evita debido a la limitada información disponible sobre seguridad”, agrega.

Mitos y verdades sobre la toxina botulínica

La toxina botulínica sigue estando rodeada de diversos mitos, especialmente por su popularidad en procedimientos estéticos.

Uno de los más frecuentes es que “congela” completamente el rostro. Sin embargo, el Dr. Muñoz asegura que esto no necesariamente ocurre. “Cuando el procedimiento es realizado por profesionales capacitados y con una planificación adecuada, es posible mantener una apariencia natural y conservar la expresividad facial”, afirma.

Otro mito común es que genera adicción. “No existe evidencia científica que indique que la toxina botulínica produzca dependencia física o biológica”, sostiene.

El académico también aclara que este tratamiento no debe confundirse con los rellenos dérmicos. “Los rellenos, como el ácido hialurónico, actúan mediante mecanismos completamente distintos”, explica.

Finalmente, desmiente la idea de que sus resultados sean inmediatos. “Habitualmente los efectos comienzan a observarse entre el tercer y quinto día posterior a la aplicación y alcanzan su máxima expresión alrededor de las dos semanas”, concluye.

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